El eterno marido

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El piso que Veltchaninov tenía alquilado desde el mes de marzo, después de un trabajo ímprobo para encontrarlo —aunque luego dijera a la gente, en disculpa de su modestia, que «como estaba de paso y no habitaba Petersburgo más que accidentalmente… a causa de ese condenado pleito»— el piso, decimos, distaba de ser tan incómodo y miserable como él se complacía en asegurar. La entrada, hay que reconocer que era un tanto sombría y quizás hasta un poco sucia. Pero el departamento, situado en el segundo piso, se componía de dos habitaciones muy claras, muy altas de techo y separadas por un recibimiento medio obscuro. Una de estas dos habitaciones tenía vistas al patio; la otra daba a la calle. Contiguo a la primera había un gabinete, que podía servir de alcoba, pero que Veltchaninov empleaba para libros y papeles, habiendo instalado la alcoba en la segunda y hecho cama del diván. El mobiliario de estas dos habitaciones ofrecía a la vista un cierto aire de confort, aunque en realidad se encontraba bastante en decadencia. Veíanse esparcidos algunos objetos de valor, vestigios de tiempos mejores: bibelots de bronce, porcelanas, alfombras de Bukhara legítimas, dos cuadros de bastante buena factura… Todo ello en gran desorden, bajo una capa de polvo, acumulado desde la marcha de Pelagia, la muchacha que servía a Veltchaninov, y que, de repente, le había dejado plantado para volverse a Novgorod a casa de sus padres. Cuando pensaba en lo raro de una muchacha colocada así en casa de un soltero —que por nada del mundo hubiera consentido en desmentir su condición de caballero—, un rubor subía a las mejillas de Veltchaninov. Por otra parte, Pelagia no le había dado más que motivos de satisfacción. Había entrado a su servicio desde que alquiló la casa, es decir, en la primavera. Acababa de salir de casa de una cocotte que se iba a vivir al extranjero. Era muy trabajadora, y pronto puso todo en orden. Cuando se fue, Veltchaninov no quiso volver a tomar criada. «No valía la pena, por tan poco tiempo…» Además, detestaba esa plaga de la servidumbre. Quedó, pues, decidido que Mavra, la hermana de la portera, a la que siempre que salía dejaba la llave de la puerta, subiría todas las mañanas a hacer la limpieza. En realidad, Mavra no hacía nada; cobraba su sueldo y, probablemente, robaba. Pero todo le era ya indiferente, y hasta se alegraba de que no hubiese nadie en la casa.


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