El eterno marido
El eterno marido Todo acabó por apaciguarse. La amistad empezada se hizo más íntima. Enviaron a Pavel Pavlovich en busca de café y un poco de caldo. Olimpia Semiónovna explicó a Veltchaninov que venían de O…, donde su marido estaba destinado, y que iban a pasar dos meses al campo, no muy lejos, a cuarenta verstas de aquella estación; que tenían allí una casa muy bonita, con jardín, que algunos amigos iban a pasar una temporada con ellos, que la vecindad era agradable, y que si Aléksieyi Ivanovich tenía la amabilidad de hacerles una visita en «su soledad», ella lo acogería «como a su ángel de la guarda», pues no podía pensar sin terror en lo que hubiera podido suceder si… etc., etc. En una palabra: «como a su ángel de la guarda».
—Sí, como a un salvador —apoyó calurosamente el oficial.