El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov dio las gracias, declaró que estaría encantado, que por otra parte él disponía de su tiempo, ya que no tenía ninguna ocupación imprescindible, y que la invitación de Olimpia Semiónovna le seducía, y colocó dos o tres galanterías muy oportunas, que hicieron enrojecer de satisfacción a Lipotchka. Cuando volvió Pavel Pavlovich, ella le anunció, con gran entusiasmo, que Aléksieyi Ivanovich había tenido la bondad de aceptar su invitación, que iría a pasar con ellos un mes entero en el campo, y que había prometido llegar dentro de una semana. Pavel Pavlovich sonrió con aire desesperado y no dijo nada. Olimpia Semiónovna se encogió de hombros y levantó los ojos al cielo. Al fin se despidieron: nuevas acciones de gracias, otra vez «ángel de la guarda» y «salvador», otra vez «Mitenka» ; después de lo cual Pavel Pavlovich condujo a su mujer y al oficial a su vagón. Veltchaninov encendió un cigarro y se puso a pasear de arriba abajo por el andén, aguardando la salida del tren. Suponía que Pavel Pavlovich volvería para hablar hasta el último momento; y es lo que sucedió. Pavel Pavlovich apareció de nuevo ante él, con los ojos rebosantes de interrogaciones anhelosas. Veltchaninov sonrió, le cogió afectuosamente de un brazo, arrastrándolo hasta un banco próximo, y le hizo sentar a su lado, sin despegar los labios, con la intención de que Pavel Pavlovich fuera el primero en hablar.