El eterno marido
El eterno marido —¿De modo que vendrá usted a nuestra casa de campo? —preguntó éste, de pronto, yendo directamente a la cuestión.
—¡Estaba seguro! ¡Ah, es usted siempre el mismo! —exclamó Veltchaninov, riendo—. Vamos a ver —continuó, dándole una palmadita en el hombro—, ¿ha podido usted creer un solo momento que yo irÃa de huésped a su casa, y nada menos que por un mes? ¡Ja, ja, ja!
Pavel Pavlovich estaba radiante de alegrÃa.
—¿De modo que no vendrá usted? —gritó.
—¡No, hombre, no, no iré, no iré! —dijo Veltchaninov, con una sonrisa regocijada.
No comprendÃa por qué todo esto le parecÃa tan extraordinariamente cómico, pero el caso es que cada vez lo encontraba más divertido.
—¿De verdad…? ¿Habla usted en serio?
Y Pavel Pavlovich se estremecÃa de inquietud y de impaciencia.
—¡Ya le he dicho a usted que no iré! ¡Cuidado que es usted extravagante!
—Pero, entonces, ¿qué voy a decir…? ¿Cómo explicarle a Olimpia Semiónovna, dentro de una semana, cuando vea que usted no llega?
—¡Vaya una cosa! ¡Puede usted decir que me he roto una pierna, o lo que usted quiera!
—¡No lo creerá! —gimió Pavel Pavlovich.