El eterno marido
El eterno marido —¡Las tres! —exclamó el otro, sacando el reloj, muy sorprendido—. ¡Es cierto¡las tres! Usted perdone, Aléksieyi Ivanovich. Hubiera debido fijarme antes de venir. Crea usted que me siento confuso. Me voy, me voy; otra vez me explicaré, ahora serÃa una inconveniencia…
—¡No, de ningún modo! Si tiene usted algo que decirme, cuanto antes mejor —interrumpió Veltchaninov—. Tenga usted la bondad de pasar. Por aquÃ, a mi cuarto. ¿No era eso lo que usted deseaba?
Supongo que no habrá venido usted únicamente para examinar la cerradura…
SentÃase desconcertado, amedrentado, sin dominio ya de sà mismo, y avergonzado de esta anomalÃa. Al fin y al cabo, ¿qué habÃa de misterioso e inquietante en toda la aventura? ¡Tanta emoción por haber visto surgir la estúpida fisonomÃa de un Pavel Pavlovich!… Sin embargo, en el fondo no encontraba la cosa tan clara. PresentÃa en ella, confusamente, un no sé qué que le intimidaba.
Ofreció una butaca al visitante, sentóse bruscamente sobre la cama, a un paso de la butaca, e inclinado hacia adelante, con las manos apoyadas en las rodillas aguardó que el otro hablase. Mientras, contemplábale ávidamente, haciendo esfuerzos para recordar.