El eterno marido

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III

Pavel Pavlovich Trusotskii

El otro quedó inmóvil, mudo, como clavado en el sitio. Estuvieron así, uno frente al otro, en el umbral de la puerta, sin hacer el menor movimiento, mirándose en los ojos. Esto duró unos segundos. De pronto, Veltchaninov reconoció al visitante.

En el mismo momento el visitante se dio cuenta de que Veltchaninov le había reconocido. Sus ojos se iluminaron y toda su fisonomía se dilató en la sonrisa más afable que puede imaginarse.

—¿Es a Aléksieyi Ivanovich a quien tengo el gusto de hablar? —dijo con voz suave, de una suavidad casi cómica, dadas las circunstancias.

—¿Y usted, no es usted Pavel Pavlovich Trusotskii? —exclamó Veltchaninov, con el gesto de un hombre que adivina.

—Nos hemos conocido hace nueve años en T…, y hasta diré, si usted me lo permite, que fuimos excelentes amigos.

—Sí, sin duda… es muy posible… Pero, en fin, son las tres de la mañana, y lleva usted diez minutos averiguando si estaba cerrada la puerta.


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