El eterno marido
El eterno marido Cosa extraña, el otro callaba, pareciendo no comprender que «era preciso» que se explicase inmediatamente. Antes bien, miraba a Veltchaninov como esperando que éste hablase. Quizás, simplemente, tenía miedo, y se sentía molesto, como un ratón cogido en la ratonera. Pero Veltchaninov estalló:
—Vamos a ver, ¿qué es lo que se le ofrece a usted? ¡Supongo que no será usted un fantasma ni un sueño! ¡Es que ha venido usted aquí a jugar a los muertos! ¡Tiene usted que explicarse, padrecito![9]
El visitante se agitó en la butaca, sonrió, y comenzó tímidamente:
—Me parece que lo que más le asombra a usted es la hora a que he venido y… las circunstancias tan particulares en que lo he hecho… Cuando pienso en todo lo ocurrido hace tiempo, y en la manera tan extraña en que nos separamos… sí, es sumamente raro… Por otra parte, yo no tenía la menor intención de entrar, y si lo he hecho, ha sido pura casualidad…
—¿Cómo casualidad? ¡Si le he visto a usted desde la ventana atravesar de puntillas y con mucho tiento la calle!