El eterno marido
El eterno marido —¡Ah!, ¿me ha visto usted? En ese caso, le juro a usted que está más enterado que yo. Pero le estoy impacientando… Mire usted, ésta es la verdad: hace tres semanas que estoy en Petersburgo, por asuntos particulares… SÃ, yo soy Pavel Pavlovich Trusotskii; no se equivocó usted al reconocerme. He venido a ver si consigo que me trasladen a otra provincia, con aumento de sueldo… No, no es eso exactamente… En fin, lo esencial, sabe usted, es que llevo aquà tres semanas y que yo mismo doy largas a la cuestión… sÃ, la cuestión de mi permuta… y que si esto se arregla… pues bien, tanto peor, olvidaré que está arreglado y, dada mi situación, seguiré sin poder irme de este Petersburgo, donde voy de un lado a otro como un alma en pena, como si mi vida no tuviese ya objeto, y como si, dada mi situación, me alegrase de no tenerlo…
—Pero, en fin, ¿qué situación es ésa? —interrumpió Veltchaninov.
El visitante levantó los ojos hacia él, cogió su sombrero y, con una dignidad majestuosa, mostró la gasa negra.
Veltchaninov contempló con ojos atónitos la gasa, y luego el rostro de su interlocutor. De pronto, sus mejillas se pusieron escarlata y una terrible confusión se apoderó de él.
—¿.Cómo? ¿Natalia Vasilievna?…