El eterno marido
El eterno marido —¡SÃ, Natalia Vasilievna! En el mes de marzo pasado… Una tisis galopante, en dos o tres meses… ¡Y yo he quedado… ya ve usted cómo!
Y diciendo estas palabras, el visitante, con un gran ademán de tristeza, abrió en cruz los brazos, con el sombrero de la gasa negra en la mano derecha, y la cabeza calva caÃda sobre el pecho, actitud en que se mantuvo diez segundos, poco más o menos.
Este ademán y este gesto devolvieron súbitamente la calma a Veltchaninov. Una sonrisita irónica, casi agresiva, asomó a sus labios; pero se borró en seguida. La noticia de la muerte de aquella mujer, que conociera tanto tiempo atrás, le producÃa una impresión singular y muy honda.
—¿Es posible? —murmuró—. ¿Y por qué no ha venido usted a mà franca y abiertamente?
—Gracias, gracias; por su afecto; lo veo y lo agradezco infinito… Aunque…
—¿Aunque?…