El eterno marido
El eterno marido —Aunque no nos hayamos visto desde hace tantos años, ha demostrado usted en seguida un interés tan sincero en mi desgracia, en mà mismo, que crea usted se lo agradezco en el alma. Es todo lo que querÃa decir. Veo que no me he equivocado en mis amistades, puesto que puedo aquÃ, en Petersburgo, encontrar a mis amigos más queridos: Stepan Mikhailovich Bagautov, sin ir más lejos; pero la verdad es, Aléksieyi Ivanovich, que desde nuestras primeras relaciones, y permÃtame usted que lo recuerde —ya que tengo la memoria fiel—, desde el comienzo de nuestra ya vieja amistad, han transcurrido nueve años, sin que volviese usted a vernos. Ni siquiera una carta…
Hubiérase dicho que cantaba un aria aprendida, sin levantar los ojos del suelo, pero observándolo todo.
Entre tanto, Veltchaninov se habÃa rehecho, dueño otra vez de sà mismo. Escuchaba y miraba a Pavel Pavlovich con una sensación extraña, cuya intensidad iba en aumento. De pronto, cuando terminó de hablar, las ideas más extravagantes e imprevistas se agolparon en su cabeza.
—¿Pero ¿cómo es posible que yo no le haya reconocido hasta este momento? —exclamó—. Nos hemos encontrado cinco veces en la calle.
—En efecto, lo recuerdo; no podÃa dar dos pasos sin encontrarle a usted, y dos o tres veces, por lo menos…