El eterno marido
El eterno marido —SÃ, tengo una manera un tanto extraña de expresarme…
—Y… ¿no habla usted en broma?
—¿En broma? —exclamó Pavel Pavlovich, con un acento de ansiedad y de tristeza—. ¡En broma! En el momento en que le confieso a usted…
—¡Basta, basta! No prosiga usted, se lo ruego…
Y levantándose, volvió Veltchaninov a pasear de arriba abajo por el cuarto.
Transcurrieron asà cinco minutos. El visitante hizo ademán de levantarse, pero Veltchaninov le gritó:
—¡No, no! Continúe usted sentado; no se vaya todavÃa.
Y el otro, dócilmente, se dejó caer de nuevo en la butaca.
—¡Dios mÃo, qué cambiado está usted! —prosiguió Veltchaninov, plantándose ante él, y como si hasta entonces no se hubiera fijado en ello—. ¡Atrozmente cambiado! ¡Una enormidad! ¡Es usted otro hombre!
—No tiene nada de extraño. ¡Nueve años!
—No, no, tiene que ver la edad. No es el fÃsico de usted lo que ha cambiado, sino todo usted, que es ahora otro hombre.
—SÃ, es posible. ¡Nueve años!
—O ¿habrá sido simplemente desde el mes de marzo?