El eterno marido

El eterno marido

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—Bien, bien; es usted aficionado a bromas, ¿eh? —repuso Pavel Pavlovich con una sonrisa maliciosa—. Pero, veamos, ya que usted se empeña: ¿qué cambios nota usted?

—Pues bien, el siguiente: el Pavel Pavlovich de antes era un hombre serio, listo y discreto; el de ahora es todo un vaurien[10].

Veltchaninov, había llegado a ese estado de enervamiento en que los hombres más dueños de sí mismos se dejan llevar a veces por las palabras más allá de su intención.

—Vaurien! ¿Usted encuentra…? ¿Y que ya no soy listo? —interrogó complacientemente Pavel Pavlovich.

—¡En absoluto! Ahora, si acaso, se pasa usted de listo.

«Estoy insolente —pensaba Veltchaninov—; pero este canalla es todavía más insolente que yo… En suma, ¿qué es lo que quiere?»

—¡Ah, mi muy querido Aléksieyi Ivanovich! —exclamó de pronto el visitante, agitándose en su butaca—. ¿Qué importa? ¡Ya no nos encontramos en la buena sociedad, en el gran mundo! Somos, simplemente, dos antiguos y buenos amigos, que en toda intimidad y sinceridad añoran el vínculo inestimable de una amistad en la que la pobre difunta venía a constituir el eslabón más precioso…


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