El eterno marido
El eterno marido Y como transportado por el impulso de su sentimientos, dejó caer de nuevo la cabeza, tapándose la cara con el sombrero. Veltchaninov le miraba, con una mezcla de inquietud y repulsión.
«¡Si será toda una farsa! —pensaba—. Pero ¡no, no, no es posible! No parece borracho… Aunque después de todo, puede que lo esté; tiene la cara muy colorada… Por otra parte, borracho o no, ¿qué más da…? En fin, ¿qué demonios me querrá este sinvergüenza?»
—¿Se acuerda usted? —exclamó Pavel Pavlovich, apartando poco a poco el sombrero, y cada vez más exaltado por sus recuerdos—. ¿Se acuerda usted de nuestras excursiones al campo, de nuestras veladas, bailes y reuniones en casa de Su Excelencia el encantador Semió Semionovich? ¿Y nuestras lecturas a tres? ¿Y la primera vez que nos vimos, aquella mañana que vino usted a casa para consultarme sobre su asunto? ¿No recuerda usted que empezaba a perder la paciencia, cuando entró Natalia Vasilievna y que a los diez minutos era usted ya nuestro mejor amigo, y cómo continuó usted siéndolo durante todo un año? Completamente como en La Provinciana, la comedia del señor Turgueniev…
Veltchaninov paseaba despacio, con los ojos fijos en tierra, escuchando con impaciencia, con repugnancia, pero muy atentamente.