El eterno marido
El eterno marido —Jamás se me ha ocurrido pensar en La Provinciana —interrumpió—, y jamás se le habrÃa ocurrido a usted en aquellos tiempos hablar con esa voz de falsete, y en un estilo que no es el suyo. ¿A qué santo todo esto?
—Cierto, cierto; en otros tiempos, yo callaba más y hablaba menos —replicó vivamente Pavel Pavlovich—. Entonces, sabe usted, yo preferÃa escuchar, cuando la difunta hablaba. Usted recordará con qué gracia, con qué sprit hablaba ella… Por lo que hace a La Provinciana, y en particular a Stupendiev, tiene usted razón; fuimos nosotros, la pobre difunta y yo, quienes después de irse usted, al recordarle con tanta frecuencia, caÃmos en la semejanza… Y, en efecto, la analogÃa era sorprendente. Sobre todo, en lo que se refiere a Stupendiev…
—¡Al diablo el tal Stupendiev! —exclamó Veltchaninov, dando con el pie en tierra, sulfurándose a este nombre, que despertaba en su espÃritu un recuerdo inquieto.
—¿Stupendiev? ¡Si es el nombre del marido de La Provinciana! —continuó Pavel Pavlovich con su voz más dulce—. Pero todo esto se relaciona ya con la otra serie de mis recuerdos, después de irse usted, cuando Stepan Mikhailovich Bagautov nos favorecÃa con su amistad, exactamente lo mismo que usted, pero durante cinco años consecutivos…