El eterno marido

El eterno marido

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—¿Bagautov? ¿Qué Bagautov? —preguntó Veltchaninov, deteniéndose en seco ante Pavel Pavlovich.

—Pues Bagautov, Stepan Mikhailovich Bagautov, que nos otorgó su amistad un año justo después de usted… y… exactamente lo mismo que usted.

—¡Ah, sí, sí, lo conozco…! —repuso Veltchaninov—. ¡Ya lo creo! ¡Bagautov…! ¿No tenía un destino oficial en la provincia?

—Justamente, un destino en el Gobierno civil. Era de Petersburgo… joven, elegante… ¡de la mejor sociedad! —exclamó en un verdadero transporte de entusiasmo Pavel Pavlovich.

—¡Sí, sí, ya lo creo! ¡Dónde tendría yo la cabeza! ¿Conque él también…?

—También, sí, señor, también —repitió Pavel Pavlovich con la misma vehemencia, cogiendo al vuelo las palabras imprudentes de su interruptor—; ¡también él! Fue entonces cuando representamos La Provinciana en un teatrito de aficionados, en casa de Su Excelencia el amabilísimo Semió Semionovich. Stepan Mikhailovich hacía de conde, la difunta hacía la provinciana, y yo… yo iba a hacer el papel del marido; pero por indicación de la difunta, que se empeñó en que lo hacía muy mal, me lo quitaron.


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