El eterno marido
El eterno marido —Pero ¡qué Stupendiev tan absurdo está usted haciendo…! Además, usted es Pavel Pavlovich Trusotskii, y no Stupendiev —interrumpió Veltchaninov, sin poder contenerse más tiempo y temblando casi de ira—. Y dÃgame usted, si no le molesta: Bagautov está aquÃ, en Petersburgo; yo mismo le he visto esta primavera: ¿por qué no ha ido usted a su casa?
—¡Pero si todos los dÃas, desde hace tres semanas, voy a su casa! Claro que no me reciben. No reciben a nadie; está enfermo. Figúrese usted que he sabido, de muy buena tinta, que realmente está gravÃsimo. ¡Ése sà que es un amigo! ¡Un amigo de cinco años! ¡Ay, Aléksieyi Ivanovich, ya se lo dije a usted, y lo repito: hay momentos en que desearÃa uno estar bajo tierra, y otros, por el contrario, en que se querrÃa encontrar a alguno de los que han visto y vivido nuestra vida pasada para llorar en su compañÃa, sÃ, sólo para llorar…!
—¡Bueno, basta por hoy, si le parece a usted! —dijo secamente Veltchaninov.
—¡SÃ, sÃ, basta y sobra! —contestó Pavel Pavlovich, levantándose inmediatamente—. ¡Dios mÃo, si son las cuatro! ¡Qué egoÃsta he sido en venir a molestarle!
—Escuche usted: yo, a mi vez, iré a verle, y espero… Vamos a ver, con franqueza: ¿no está usted hoy borracho?