El eterno marido

El eterno marido

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—¿Borracho? En absoluto…

—¿No ha bebido usted antes de venir?

—Tenga usted cuidado, Aléksieyi Ivanovich; está usted con fiebre.

—Mañana, antes de la una, iré a verle.

—Sí —añadió Pavel Pavlovich con insistencia—; sí, habla usted como en un delirio. Hace un momento lo noté. Crea usted que lo siento muchísimo… Sin duda mi indiscreción… Sí, me voy. Y usted Aléksieyi Ivanovich, acuéstese y procure dormir.

—¡Pero no me ha dicho usted las señas de su casa! —exclamó Veltchaninov, acompañándole hasta la puerta.

—¿No se las he dicho? ¡En el hotel Pokrov!

—¿Y qué hotel Pokrov es ése?

—Pues al lado del barrio de Pokrov, en el callejón… ¡Bueno, me he olvidado del nombre del callejón, y del número! Pero, en fin, no tiene pérdida; es al mismo lado de la iglesia.

—Perfectamente; ya buscaré.

—Adiós.

Y salió al descansillo.

—¡Aguarde usted, aguarde! —gritó bruscamente Veltchaninov—. ¿No irá usted a escaparse, eh?

—¿Cómo escaparme? —exclamó el otro, abriendo mucho los ojos y deteniéndose en el tercer escalón.


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