El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov estaba convencido de que existen mujeres de ese género, e igualmente convencido de que existe un tipo de maridos correspondiente a este tipo de mujeres, y sin otra razón de ser que esta correspondencia. Según él, la esencia de los maridos de este género consiste en ser, por decirlo así, «eternos maridos» o, mejor dicho, en no ser toda su vida otra cosa que maridos, y sólo maridos. «El hombre de esta especie viene al mundo y crece únicamente para casarse, y apenas casado, se convierte inmediatamente en algo complementario de su mujer, por personal y autónomo que fuera su carácter. El distintivo de los maridos de esta clase es el bien conocido ornamento. Tan imposible les es no llevarlo como dejar de lucir al sol; y no sólo les está vedado darse cuenta de ello, sino también conocer las leyes de su naturaleza». Veltchaninov creía firmemente en la existencia de estos dos tipos, y Pavel Pavlovich Trusotskii representaba, exactamente, a sus ojos uno de ellos. El Pavel Pavlovich que acababa de dejarle no era ya, desde luego, el Pavel Pavlovich que él conociera en T… Lo había encontrado prodigiosamente cambiado; cosa inevitable y la más natural del mundo, pues el verdadero Trusotskii, el que él había conocido, no podía tener completa realidad sino en vida de su mujer. Lo que ahora quedaba era, simplemente, una parte de ese todo, algo abandonado al azar, algo absurdo e informe. En cuanto a lo que había sido el verdadero Pavel Pavlovich, el verdadero Pavel Pavlovich, el Pavel Pavlovich de T… he aquí el recuerdo que de él había conservado Veltchaninov: «Para hablar con exactitud, el Pavel Pavlovich de T… era marido, y nada más». Así, por ejemplo, si era al mismo tiempo funcionario, era únicamente por necesidad de desempeñar uno de los cometidos esenciales del papel de marido; él había entrado en la jerarquía burocrática para asegurar a su mujer un puesto en la buena sociedad de T…, lo que no le impedía ser un celoso funcionario. Tenía entonces treinta y cinco años y una fortuna bastante respetable. No daba pruebas, en su destino, de una extraordinaria capacidad, pero tampoco de una inepcia extraordinaria. Era recibido en la mejor sociedad, y pasaba por hombre distinguido. Todo el mundo en T… tenía un sin fin de atenciones con Natalia Vasilievna; pero ésta no hacía más caso del debido, recibiendo todos los homenajes como cosa natural. Tenía un arte exquisito para recibir, y había estilado de tal modo a Pavel Pavlovich, que, en distinción de modales, podía éste muy bien parangonarse con los personajes de la localidad. «Es muy posible —pensaba Veltchaninov— que tuviera cierto ingenio; pero como a Natalia Vasilievna no le gustaba que hablase mucho, apenas tenía ocasión de lucirlo. Es muy posible también que tuviera sus cualidades y defectos; pero estas cualidades estaban muy escondidas, y los defectos, apenas asomaban la cabeza, eran cortados de raíz». Por ejemplo. Veltchaninov recordaba que Trusotskii tenía cierta inclinación a hacer burla del prójimo, cosa que le estaba terminantemente prohibida. También era aficionado a contar anécdotas, y Natalia Vasilievna no le permitía contar más que insignificancias, y eso con muy pocas palabras. Gustaba de salir, de ir al casino, a beber una copa con los amigos, y pronto esta distracción le fue también prohibida. Y lo maravilloso es que, a pesar de todo ello, no podía decirse que esta mujer tuviera «metido en un puño» a su marido. Natalia Vasilievna guardaba todas las apariencias de una mujer sometida a la autoridad marital, y es posible que hasta estuviese convencida de su sumisión. Acaso Pavel Pavlovich amaba a Natalia Vasilievna hasta la completa abdicación de sí mismo; pero, dada la manera que había tenido ella de organizar su vida, era imposible saber a qué atenerse.