El eterno marido

El eterno marido

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No habiendo tenido descendencia, Natalia Vasilievna tuvo que consagrarse a la vida de sociedad; pero era también muy amante de su hogar. Las distracciones mundanas jamás la absorbieron por completo, y le gustaba ocuparse de la casa. Pavel Pavlovich recordaba antes aquellas lecturas en común por la noche, después de comer. Cierto; Veltchaninov leía en voz alta, y también Pavel Pavlovich, que, con gran asombro de Veltchaninov, no lo hacía nada mal, al contrario. Natalia Vasilievna, mientras, bordaba y escuchaba tranquilamente. Se leían novelas de Dickens, algún que otro artículo de revista, y a veces hasta algo «serio». Natalia Vasilievna tenía en gran estimación la cultura de Veltchaninov, pero tácitamente, como cosa sobreentendida, de que no había por qué hablar. En general, los libros y la ciencia la tenían sin cuidado, como una cosa útil, pero muy ajena a ella. Pavel Pavlovich se esforzaba a veces en convencerla de lo contrario, pero sin resultado.

Aquellas relaciones se rompieron bruscamente, en el momento en que la pasión de Veltchaninov, cada día más encendida, le privaba casi de discernimiento. Le despidieron, simplemente, sin el menor miramiento y con tal habilidad, que se fue sin darse cuenta de que lo habían desechado «lo mismo que un par de zapatos viejos».


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