El eterno marido
El eterno marido —¿Y por qué no?… ¿Acaso él no te quiere, Liza?
—No, no me quiere.
—Dime, ¿es que te ha hecho sufrir?
Liza le miró con aire sombrÃo y no contestó. Luego se volvió hacia un lado, conservando bajos los ojos, obstinadamente. Él trató de calmarla, hablándola con mucha animación, en una especie de acceso febril. Liza escuchaba con aire desconfiado y hostil, pero escuchaba. Veltchaninov, contento de que ella le prestase tanta atención, se puso a explicarle lo que era un hombre dado a la bebida. Le dijo que él también querÃa mucho a su padre y velarÃa por él.
Al fin, Liza levantó los ojos y le miró fijamente. Él le contó entonces cómo habÃa conocido a su mamá, y observó que ella se interesaba en el relato. Poco a poco la niña empezó a responder a sus preguntas, pero de mala gana, por monosÃlabos, con aire receloso. A las preguntas más interesantes no respondÃa nada, guardando un silencio obstinado en todo lo concerniente a su padre.