El eterno marido
El eterno marido Al mismo tiempo que le hablaba. Veltchaninov la cogió la mano, como antes, en la casa, y ella no la retiró. Acosada a preguntas, acabó también por confesarle, en términos confusos, que habÃa querido a su padre más que a su madre; pero que mamá, en el momento de morir, la habÃa besado muy fuerte, y habÃa llorado mucho, estando las dos solas… y que ahora querÃa a su madre más que a nadie en el mundo, y cada dÃa más.
Pero la niña también tenÃa su orgullo, y cuando se dio cuenta de que se habÃa dejado llevar por las preguntas de Veltchaninov, calló bruscamente, clavando en él una mirada de rencor.
Poco antes de llegar, ya se habÃan apaciguado sus nervios; pero continuaba pensativa, cejijunta, con aire hosco y sombrÃo. Sin embargo, parecÃa sufrir menos a la idea de que la llevaban a casa de unos desconocidos, a una casa en la que nunca habÃa estado. Lo que la atormentaba era otra cosa, que Veltchaninov adivinaba: sentÃase avergonzada de él, avergonzada de que su padre la hubiese abandonado (casi cedido) con tanta facilidad a un extraño.