El eterno marido

El eterno marido

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«Está enferma —pensaba Veltchaninov—, muy enferma. La han hecho sufrir demasiado… ¡Ah, ese borracho, ese ser abyecto! ¡Ahora te comprendo…!» Metió prisa al cochero. Contaba, para sanarla, con el campo, la vida al aire libre, el jardín, los niños, el cambio, y además, después de eso… De lo que después pudiera ocurrir no tenía aún la menor idea; en el tiempo confiaba. Sólo veía una cosa: que jamás había sentido lo que ahora, y que jamás, en toda su vida, podría olvidarlo. «¡He aquí el verdadero fin de la vida! ¡He aquí la verdadera vida!», pensaba, transportado de entusiasmo.

Las ideas se agolpaban en tumulto a su cabeza; pero él no se detenía a considerarlas, rehuyendo el entrar en detalles. La cosa era muy sencilla; todo seguiría por sus pasos, sin necesidad de poner mano en ello. El plan de conjunto se dibujaba por sí solo: «Mucho será —pensaba— si entre todos no podemos dar cuenta de ese miserable. Aunque ahora sólo nos confíe a Liza por unos días ya veremos de arreglárnoslas de modo que la deje en Petersburgo, en casa de los Pogoreltsev, y que se vaya solo. Sí, Liza será para mí. Es cosa decidida. Además… además, después de todo, es lo que él mismo desea, En otro caso, ¿a qué atormentarla como la atormenta?»



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