El eterno marido
El eterno marido Al fin llegaron. La casa de los Pogoreltsev era, efectivamente, un precioso nido. Un tropel de chicos invadió con gran estrépito la terraza para venir a recibirles. Hacía largo tiempo que Veltchaninov no había venido, y los niños le querían mucho. Todavía no había bajado del coche, cuando ya los mayorcitos le gritaban: «¿Y tu pleito? ¿Cómo va tu pleito?»
Y todos los demás, hasta el más chico, repitieron la pregunta, entre grandes risas. Era ya costumbre darle bromas con motivo de su pleito. Pero en cuanto vieron a Liza la rodearon y se pusieron a examinarla con esa curiosidad silenciosa y atenta de los niños. En el mismo instante salía Claudia Petrovna de la casa, y tras ella su marido. También ellos la primera palabra fue para preguntarle, riendo, cómo iba su pleito.
Claudia Petrovna era una mujer de treinta y siete años, morena, robusta, todavía guapa, de tez fresca y sonrosada. El marido era un hombre de cincuenta y cinco, inteligente y discreto, muy bueno sobre todo. Aquel hogar era realmente, para Veltchaninov «un rincón de familia», como él decía. La razón era la siguiente: