El eterno marido
El eterno marido Veinte años antes, Claudia Petrovna había estado a punto de casarse con Veltchaninov, siendo éste todavía estudiante, casi un niño. Fue el primer amor, el amor inflamado, el amor absurdo y admirable. Todo ello había terminado por el matrimonio de Claudia Petrovna con Pogoreltsev. Cinco años más tarde se encontraron de nuevo, y el amor de antaño trocóse en una amistad franca y sosegada. De la antigua pasión sólo subsistía una especie de llama, que alumbraba y daba calor a sus relaciones de amistad. Nada que no fuera puro e irreprochable en este recuerdo del pasado de Veltchaninov, tanto más grato para él cuanto que acaso era el único de este género en su vida. Aquí, en medio de esta familia, se sentía ingenuo, infantil y bondadoso, mimando a los niños, sin irritarse nunca, aprobándolo todo, sin reservas. Más de una vez declaró a los Pogoreltsev que dentro de poco tiempo, que se retiraría del mundo, vendría a instalarse en casa de ellos para siempre. Y, realmente, pensaba con toda seriedad en este proyecto.