El eterno marido

El eterno marido

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Les dio, respecto a Liza, todas las explicaciones necesarias. Por otra parte, bastaba la expresión de su deseo, sin explicaciones. Claudia Petrovna dio un beso a la «huérfana» y prometió hacer todo lo que estuviese en su mano. Los niños cogieron a Liza de la mano, se la llevaron a jugar al jardín. Al cabo de media hora de animada conversación, levantóse Veltchaninov para despedirse. Tan impaciente estaba por irse, que todos lo advirtieron y se extrañaron. «¡Hacía tres semanas que no había aparecido y ahora venía sólo por media hora!» Juró él, riendo, que volvería al día siguiente. Notaron que parecía muy agitado. De pronto, cogió la mano de Claudia Petrovna, y con el pretexto de que se había olvidado de decirle una cosa muy importante, la condujo a una habitación contigua.

—¿Se acuerda usted de aquello que le conté —a usted sola, pues su mismo marido lo ignora— del año que pasé en T…?

—Me acuerdo perfectamente; más de una vez me ha hablado usted de ello.

—¡No diga usted que le he «hablado», sino que me he confesado, y sólo a usted! Pero nunca le dije el nombre de aquella mujer: era la mujer de Trusotskii. Ha muerto ya, y Liza es su hija… ¡y mi hija!

—¿Cómo? ¿Es posible? ¿No se engaña usted? —preguntó Claudia Petrovna, un tanto turbada.


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