El eterno marido

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—Sobre todo, sea usted más prudente —respondió Claudia Petrovna, un poco inquieta ante aquel flujo de palabras—. Agitado como está usted, realmente no estoy tranquila, y temo por usted. Claro que, desde este momento, Liza es como una hija mía; pero hay aún en todo esto tantas cosas indecisas… Lo esencial es que, de aquí en adelante, sea usted más circunspecto; es absolutamente preciso, así como moderar un poco esa fogosidad y ese entusiasmo. Se siente usted demasiado generoso en sus momentos de felicidad… —añadió con una sonrisa. Salieron todos para acompañar a Veltchaninov hasta el coche. Los niños trajeron consigo a Liza, que jugaba con ellos en el jardín, y a la que miraban todavía con más estupefacción que a su llegada. La niña tomó un aire muy huraño cuando Veltchaninov la besó delante de todo el mundo, diciéndole adiós y reiterándola solemnemente la promesa de volver al día siguiente con su padre. Hasta el final estuvo ella silenciosa, sin mirarle; pero, bruscamente, le cogió las manos, llevándole aparte y fijando en él una mirada suplicante, como queriendo decir algo.

—¿Qué pasa, Liza? —preguntó Veltchaninov con voz tierna y persuasiva.

Pero ella seguía mirándole con aire medroso, y lo arrastró todavía más lejos, a un rincón apartado, no queriendo que les viesen.

—Di, Liza, ¿qué ocurre? —repitió él.


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