El eterno marido
El eterno marido Ella callaba, sin decidirse a hablar, con los grandes ojos azules fijos en él y un terror pánico reflejado en el semblante.
—¡Se… se ahorcará! —dijo muy quedo, como en delirio.
—¿Quién se ahorcará? —interrogó Veltchaninov espantado.
—¡Él, él…! ¡Ya anoche quiso ahorcarse! —explicó ella, con voz precipitada, perdiendo el aliento—. ¡SÃ, yo lo vi! ¡Quiso ahorcarse! ¡Y se ahorcará; me lo ha dicho, me lo ha dicho! Hace tiempo que quiere ahorcarse, hace tiempo… Esta noche, yo lo he visto…
—¡No es posible! —murmuró Yeltchaninov, confundido y perplejo.
De pronto, la niña se arrojó sobre sus manos, y las besó, llorando, ahogada por los sollozos, rogándole, suplicándole… Toda su vida vio ya Veltchaninov, despierto y en sueños, aquellos ojos extraviados de la niña, fijos en él con espanto y un último resto de esperanza.