El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Y todos aquellos cinco días estuvo con impaciencia aguardando el momento en que pudiera pedir el alta. En expectativa de ella se mostraba a veces muy animado y alegre. Yo intenté hacer que me hablase de sus aventuras. Él fruncía algo el ceño ante tales preguntas, pero me respondía siempre con franqueza. Al advertir que yo andaba rastreando en su conciencia y buscándole algún indicio de arrepentimiento, me miró de un modo tan resueltamente despectivo y arrogante, cual si de pronto me hubiese convertido a sus ojos en un chico estúpido con el cual no se pudiera razonar como con un hombre hecho y derecho. También algo de piedad de mí se reflejó en su rostro. Al cabo de un rato se echó a reír, con la risa más franca, sin pizca de ironía, y seguro estoy de que, al quedarse luego solo y recordar mis palabras es muy posible que volviera a reírse. Finalmente, le dieron de alta, aunque todavía no tenía bien del todo la espalda; a mí también me dieron de alta entonces, de suerte que hubimos de salir juntos de la enfermería: yo, para volver al presidio, y él, para restituirse al cuerpo de guardia, donde antes estaba alojado. Al despedirnos me estrechó la mano, lo cual en él era señal de gran confianza. Pienso que hizo aquello por estar en aquel instante muy satisfecho de sí mismo. En realidad, no tenía más remedio que despreciarme a mí, e inevitablemente había de mirarme como a un ser humilde, débil, digno de lástima y por todos conceptos inferior a él. Al otro día le ejecutaron la otra mitad de la sentencia… Cuando cerraban nuestra cuadra asumía ésta de pronto cierto aspecto especial, el aspecto de una verdadera vivienda, de un verdadero hogar. Ahora es cuando puedo mirar a mis compañeros, los presos, completamente como de casa. Durante el día, los suboficiales, los centinelas y, en general, los superiores, pueden a cada momento presentarse en el penal, y por ello todos sus habitantes se conducen de otro modo, cual si sintieran alguna inquietud, cual si a cada momento esperasen oír algún grito de alarma. Pero no bien cierran la cuadra, cuando inmediatamente se va cada uno con toda tranquilidad a su sitio, y casi todos se aplican a alguna faena manual. La cuadra se ilumina de pronto. Todos tienen su vela y su candelero, por lo general de madera. El uno se pone a recoserse el calzado; el otro a corcusirse alguna prenda. El mefítico ambiente de la cuadra se agrava de hora en hora. Una partida de gandules se sienta en un rincón a la turca, y sobre un tapiz hecho jirones se ponen a jugar a las cartas. En casi toda cuadra hay un preso así, que posee un tapiz estropeadísimo, de una vara de largo, una vela y una baraja grasienta y manida hasta lo inverosímil. A todo esto junto le llamaban maidan[8]. El dueño de las prendas cobra a todos los jugadores una cantidad: quince copeicas por noche, lo cual es su ganancia. Los jugadores suelen jugar a las tres cartas, al monte, etcétera. Todos, juegos de azar. Cada jugador pone delante de sí un montoncito de calderilla: todo lo que tiene en el bolsillo, y no se levanta de su postura en cuclillas sino cuando se ha jugado hasta los pelos o ha dejado a sus compañeros sin blanca. El juego termina a hora bastante avanzada de la noche, y a veces se prolonga hasta la madrugada, hasta el momento mismo de abrirse las puertas del presidio. En la nuestra, como en todas las demás cuadras, siempre había mendigos, pordioseros que, o se lo habían jugado y bebido todo, o, sencillamente, eran pedigüeños por naturaleza. Digo por naturaleza, y particularmente insisto en esta expresión. Efectivamente, en todas partes, adondequiera que vayamos, cualquiera que sea el ambiente, cualesquiera que sean las circunstancias, siempre hay y habrá algunos extraños sujetos, apacibles y con frecuencia nada lerdos, pero a los cuales les tiene predestinados la suerte para que por los siglos de los siglos sean unos mendigos. Siempre son unos pobres diablos, unos pordioseros, siempre parecen intimidados y agobiados, no se sabe por qué, y siempre tienen que ser los correveidiles de alguien, su correo de gabinete, generalmente de los que se divierten y de los que de un modo súbito se enriquecen o encumbran. Todo comienzo, toda iniciativa… es para ellos dolorosa y ardua. Diríase que nacieron con la condición de no acometer nunca nada los primeros, limitándose a secundar a los otros, a vivir pendientes de su voluntad, a bailar al son que les tocan; su destino…, cumplir el de los otros. Aunque todo se consume, ninguna circunstancia, ni cambio alguno, pueden enriquecerlos. Siempre serán mendigos. Pude observar que tales individuos no forman una sola casta, sino que se les encuentra en todas las sociedades, clases, partidos, Redacciones de periódicos y grupos de accionistas. Pues eso mismo sucedía en cada cuadra, en todo el presidio, y bastaba que se hablase de maidan para que al punto se presentase alguno de esos tipos oficiosos. Hasta en general no podría haber maidan sin uno de ellos. Lo contrataban para todos los juegos en general, abonándole por cada noche cinco copeicas, y era su principal misión estar toda la noche de centinela. De ordinario tenía que pasarse siete u ocho horas en la oscuridad pegado al muro, con treinta grados bajo cero, y atento el oído a cualquier rumor, al menor susurro, a cada paso que sonase en el patio. El mayor de la plaza, o los centinelas, se presentaban a veces en el presidio a hora bastante avanzada de la noche, y entraban muy quedos y sorprendían velas encendidas, que desde el patio mismo podían verse. Por lo menos, cuando de pronto empezaban a rechinar las cerraduras de las puertas de los muros de los patios, era tarde ya para esconderse, apagar las luces y tenderse en los petates. Pero como en tales ocasiones, el centinela alquilado por los jugadores lo pasaba bastante mal, los casos de semejantes sorpresas eran sumamente raros. Cinco copeicas son, sin duda alguna, una paga ridícula, insignificante, aun para el presidio; pero a mí siempre me chocaron allí la inhumanidad y falta de compasión de los que encargaban a otro de algún cometido «¡Tomaste el dinero, pues sírveme!».