El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Pero describiré brevemente el resto de nuestra cuadra. En ella tuve que vivir muchos años, y todos aquellos individuos habían de ser mis futuros vecinos y camaradas. Comprensible, pues, que los mirase con viva curiosidad. A mi izquierda, en los petates, había toda una banda de montañeses del Cáucaso, condenados, en su mayor parte, por robo, a distintas penas. De ellos había dos lesguines, un chechén y tres tártaros del Daguestán. El chechén era un hombre adusto y sombrío; apenas si hablaba con alguien y siempre estaba mirando en torno suyo con recelo y de reojo, y con una sonrisita que rebosaba maldad y sarcasmo. Uno de los lesguines era ya viejecito, con una nariz larga, aguda, acaballada, de una traza marcada de bandido. En cambio, el otro, Nurra, me hizo desde el primer día una impresión sumamente agradable, sumamente simpática. Era un hombre aún no viejo, de estatura no alta, de naturaleza hercúlea, enteramente rubio, con ojos azules, la naricilla corta, en una cara de finés, y las piernas zambas por la costumbre de ir siempre a caballo. Todo su cuerpo lo tenía señalado, marcado con cicatrices de bayonetazos y balazos. En el Cáucaso era de los montañeses amigos, pero solía unirse a escondidas con los montañeses hostiles, acometiendo con ellos a los rusos. En el presidio todos le querían. Estaba siempre contento, cariñoso con todos; trabajaba despacio, de buen grado y tranquilo, aunque a veces miraba con enojo la vergüenza y suciedad de la vida del presidiario y se ponía a gruñir con vehemencia ante cualquier exceso, ante la ratería, la borrachera y, en general, por cuanto no estaba bien, pero sin buscar camorra a nadie, sino apartándose de todos por efecto de su disgusto. En toda la duración de su vida presidiaria no robó nada nunca ni incurrió en nada feo. Era extraordinariamente devoto. Rezaba sus oraciones con sujeción estricta a la regla; en los días de ayuno que preceden a las fiestas mahometanas ayunaba como un fanático y se pasaba rezando las noches enteras. En el presidio todos lo querían y tenían fe en su honradez. «Nurra… es un león», decían los presos; de suerte que se había quedado con el remoquete del león. Estaba firmemente convencido de que, luego de cumplida su condena en el penal, lo mandarían otra vez a su casa en el Cáucaso, y de esta esperanza vivía. Creo que habría muerto si le hubieran quitado esa ilusión. Desde mi primer día en el presidio me fijé mucho en él. No era posible no fijarse en su rostro bonachón y simpático entre aquellas otras caras enfurruñadas, ariscas y zumbonas de los demás reclusos. A la media hora de haber yo ingresado en el presidio, pasó él junto a mí y me dio un golpecito en el hombro, sonriéndome afectuosamente con los ojos. No pude comprender al principio lo que aquello significaba. Hablaba el ruso muy mal. Al poco rato volvió a pasar junto a mí y otra vez, sonriendo, me dio otro golpecito en el pecho. Después se repitió aquello una y otra vez. Aquello significaba, según yo adivinaba y después supe, que le inspiraba lástima, que comprendía cuán penoso se me hacía el presidio, y quería brindarme su amistad, darme ánimos y asegurarme su protección. ¡Bueno e ingenuo Nurra!