El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Los tártaros del Daguestán eran tres, y todos hermanos. Dos de ellos eran ya hombres maduros, pero el tercero, Alei, sólo tenía veintidós años, y parecía aún más joven. Su lugar en los petates caía junto al mío. Su rostro hermosísimo, inteligente y al mismo tiempo dulce y candoroso, cautivó desde el primer instante mi corazón, y celebré en el alma que el Destino me hubiese deparado aquel vecino y no otro. Toda su alma se asomaba a su bello y hasta, puedo decirlo…, bellísimo semblante. Su sonrisa era tan ingenua cual la de un niño inocente; sus negros ojazos eran tan suaves, tan acariciantes, que yo sentía siempre una satisfacción especial y hasta como un alivio de mis pesares e inquietudes al mirarlo. Hablo sin exageración. El mayor de los hermanos (hermanos mayores que él tenía cinco; a los otros dos los habían enviado a las minas), estando allá en la aldea, le mandó una vez que se pusiese el gorro y montase a caballo para acompañarlo a alguna correría. El respeto al mayorazgo entre los montañeses del Cáucaso es tan grande, que el muchacho no se paró a preguntar y ni siquiera se le ocurrió inquirir adónde iban. Los otros no estimaron necesario decírselo. Todos se lanzaron al campo al pillaje, se encontraron en el camino con un rico mercader armenio y lo despojaron. He aquí cómo fue aquello: desbarataron la escolta, dieron muerte al armenio y su séquito y cargaron con sus mercancías. Pero se descubrió la cosa; los detuvieron a los seis, los procesaron, los juzgaron y los condenaron a Siberia a trabajos forzados. Toda la benignidad que tuvieron los jueces con Alei se redujo en imponerle una condena más breve: cuatro años. Sus hermanos lo querían mucho, con un amor más bien paternal que fraterno. Les servía de consuelo en su prisión, y con ser de suyo generalmente ariscos y seriotes, siempre se sonreían al verlo, y cuando hablaban con él (le hablaban, en verdad, muy poco, como si lo considerasen demasiado mozo para tratar con él nada serio), los graves semblantes se les iluminaban y yo comprendía que le decían algo jocoso, casi infantil, pues por lo menos se miraban unos a otros y se sonreían afectuosamente al escuchar sus respuestas. Él de por sí no osaba hablarles a ellos, que hasta ese punto los respetaba. Trabajo cuesta imaginar cómo aquel muchacho pudo conservar en todo el tiempo de su cautiverio aquella ternura de corazón, aquella docilidad y simpatía, sin enfadarse ni perder nunca la calma. Era, por lo demás, una naturaleza vigorosa y firme, no obstante toda su evidente blandura. Yo llegué, con el tiempo, a conocerlo a fondo. Era pudoroso como una solterita decente, y cualquier cosa desagradable, cínica, fea o impropia, forzada, que viera en el penal, encendía el fuego de la indignación en sus hermosísimos ojos, que en esos casos se volvían aún más bellos. Pero rehuía toda reyerta y discusión, aunque, en general, no era de esos que se dejan ofender impunemente, sabiendo volver por su dignidad. Sólo que no tenía altercados con nadie; a él todos lo querían y lo mimaban. Al principio conmigo se limitaba a ser cortés. Pero a poco empecé a cultivar su trato; a las pocas semanas ya sabía muy bien el ruso, cosa que no lograron sus hermanos en todo el tiempo de su estancia en el presidio. Se me reveló como un muchacho sumamente listo, sumamente modesto y delicado, y hasta muy juicioso. En general, me apresuro a decirlo, considero a Alei como una criatura en modo alguno vulgar, y recuerdo mi conocimiento con él como uno de los mejores encuentros que en mi vida haya tenido. Hay naturalezas hasta tal punto hermosas de suyo, hasta tal extremo agraciadas por Dios, que el solo pensamiento de que alguna vez pudieran malearse os parece imposible. Respecto a ellas, estamos siempre tranquilos. Yo lo estoy ahora con respecto a Alei. ¿Dónde se hallará en este momento?…