El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Una vez, cuando ya llevaba yo bastante tiempo en el presidio, estaba tendido en mi petate y pensando en algo harto triste. Alei, siempre laborioso y ocupado, aquella vez no estaba haciendo nada, no obstante ser aún temprano para echarse a dormir. Pero se ha de tener presente que por entonces celebraban ellos una fiesta musulmana y guardaban asueto. Estaba acostado, con la cabeza apoyada en la mano, pensando también quién sabía en qué. De pronto me preguntó:
—¿Qué? ¿Estás ahora muy triste?
Yo lo miré con curiosidad, y me pareció extraña aquella inopinada y directa pregunta de Alei, siempre tan delicado, siempre tan discreto, siempre tan perspicaz; pero al mirarlo atentamente le advertí un semblante tan triste, tan torturado por los recuerdos, que inmediatamente comprendí que también él tenía el corazón henchido de pena, sobre todo en aquel instante. Le insinué mi presunción. Él suspiró y sonrió tristemente. Yo amaba su sonrisa, siempre tierna y cordial. Además, que al sonreírse dejaba ver dos hileras de dientes perlinos, de cuya belleza habría podido estar ufana la primera beldad de este mando.
—¡Cómo, Alei!, ¿no es verdad que tú ahora estabas pensando en las fiestas que celebráis por este tiempo en el Daguestán? Se pasa allí bien, ¿no es eso?