El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Ya dije que en la cuadra casi todos se ocupaban en algún trabajo particular; aparte los jugadores, no pasarían de cinco los individuos completamente desocupados, los cuales en seguida se tendían para dormir. Mi sitio en los petates caía junto a la misma puerta. Al otro lado de mi petate, dando con mi cabeza, estaba Akim Akímich. Hasta las diez o las once de la noche se estaba trabajando en la confección de un farolillo chinesco de muchos colorines, que le habían encargado en la ciudad, mediante una amplia retribución. Esos farolillos los hacía de modo magistral; trabajaba metódicamente, sin interrupción, y cuando ponía fin a su tarea, recogía, con mucho cuidado, sus trebejos, extendía su yacija, hacía su oración y se echaba muy dignamente a dormir. La decencia y el orden los extremaba visiblemente, hasta el más minucioso pedantismo; saltaba a la vista que debía de tenerse por un hombre sumamente listo, cual les sucede a todos los individuos de cortos alcances. A mí no me fue simpático el primer día, aunque recuerdo que ya aquel mismo día primero me dio mucho que pensar, admirándome, sobre todo, que un individuo como él, en vez de triunfar en la vida, hubiese ido a parar a un presidio. Más adelante tendré más de una ocasión de volver a hablar de Akim Akímich.