El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —El terrible e inteligente espÃritu, el espÃritu de la propia destrucción y del no ser —prosiguió el anciano—, el gran espÃritu te habló en el desierto, y a nosotros nos dicen los libros cómo te tentó. ¿Cómo eso? ¿Y podrÃa decirse algo más verÃdico que eso que él te planteó en tres cuestiones y Tú rechazaste, y que en los libros llaman tentaciones? Y, sin embargo, si hubo alguna vez en la Tierra un milagro verdaderamente grande, fue aquel dÃa, el dÃa de esas tres tentaciones. Precisamente en el planteamiento de esas tres cuestiones se cifra el milagro. Si fuese posible idear, sólo para ensayo y ejemplo, que esas tres preguntas del espÃritu terrible se suprimiesen sin dejar rastro en los libros y fuese menester plantearlas de nuevo, idearlas y escribirlas otra vez, para anotarlas en los libros, y a este fin se congregase a todos los sabios de la Tierra —soberanos, pontÃfices, eruditos, filósofos, poetas—, sometiéndoles esta cuestión, imponiéndoles esta tarea: «Discurrid, redactad tres preguntas que, no sólo estén a la altura del acontecimiento, sino que, además, expresen en tres palabras, en tres frases humanas, toda la futura historia del mundo y de la Humanidad…». ¿Piensas Tú que toda la sabidurÃa de la Tierra reunida podrÃa discurrir algo semejante en fuerza y hondura a esas tres preguntas que, efectivamente, formuló entonces el poderoso e inteligente espÃritu en el desierto? Sólo por esas preguntas, por el milagro de su aparición, cabe comprender que se las ha uno con una inteligencia no humana, sino eterna y absoluta. Porque en esas tres preguntas parece compendiada en un todo y pronosticada toda la ulterior historia humana y manifestadas las tres imágenes en que se funden todas las insolubles antÃtesis históricas de la humana naturaleza en toda la Tierra. Entonces esto no podÃa ser aún tan evidente, porque lo por venir era desconocido; pero ahora que quince siglos han pasado, vemos que en esas tres cuestiones está todo hasta tal punto intuido y predicho, y hasta del extremo ha resultado justificado, que añadirle ni quitarle nada es imposible. Decide Tú mismo quién tenÃa razón: ¿Tú o aquel que te interrogaba? Recuerda la primera pregunta. Aunque no a la letra, su sentido es éste: «Tú quieres irle al mundo, y le vas, con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden, que les infunde horror y espanto…, porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves Tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?… Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la Humanidad como un rebaño, agradecida y dócil, aunque siempre temblando, no sea que Tú retires tu mano y se le acabe tu pan». Pero Tú no quisiste privar al hombre de su libertad y rechazaste la proposición, porque ¿qué libertad es esa —pensaste— que se compra con pan? Tú objetaste que el hombre vive no sólo de pan. Pero ¿no sabes que en nombre de ese mismo pan terrenal se sublevará contra Ti el espÃritu de la Tierra y luchará contigo y te vencerá, y todos irán tras él, exclamando: «¿Quién es semejante a esa bestia, que nos ha dado el fuego del Cielo?». ¿Sabes que pasarán los siglos y la Humanidad proclamará, por la boca de su saber y de su ciencia, que no existe el crimen y, por consiguiente, tampoco el pecado, que sólo hay hambrientos? «¡Dales de comer, y entonces podrás exigirles que sean buenos!». He aquà lo que escriben en las banderas que enarbolan contra Ti y con las cuales echan abajo tu templo. Pero, en lugar de tu templo, se alza un nuevo edificio, vuelve a erguirse la terrible torre de Babel, y, aunque ésta tampoco llegue a su término como la otra, a pesar de todo, Tú podrÃas evitar esa nueva torre y abreviar en mil años el sufrir de las gentes…, porque ellas vendrán a nosotros después de haber perdido mil años con su torre. Nos buscarán de nuevo bajo la tierra, en las catacumbas, escondidos (porque de nuevo nos expulsarán y martirizarán); nos hallarán y nos dirán: «Dadnos de comer, porque aquellos que nos habÃan prometido el fuego de los Cielos no nos lo han dado». Y entonces también nosotros les edificaremos una torre hasta su remate, porque sólo construye del todo el que da de comer, y de comer sólo damos nosotros en tu nombre, y mentimos al decir que en tu nombre. ¡Nunca, nunca sin nosotros hubieran tenido qué comer! Ninguna ciencia les dará el pan mientras continúen siendo libres, sino que acabarán por traer su libertad y echarla a nuestros pies y decirnos: «Mejor será que nos impongáis vuestro yugo, pero dadnos de comer». Comprenderán, por fin, que la libertad y el pan de la Tierra, las dos cosas juntas para cada uno, son inconcebibles, porque nunca, nunca sabrán ellos repartÃrselos entre sÃ. Se convencerán asimismo de que tampoco pueden ser nunca libres, porque son apocados, viciosos, insignificantes y rebeldes. Tú les prometiste el pan del Cielo; pero vuelvo a repetirlo, ¿puede ese pan compararse a los ojos de una raza de gentes débiles, eternamente viciosas y eternamente ingratas, con el de la Tierra? Y si tras de Ti, en nombre del pan de los Cielos, iban miles y decenas de miles, ¿qué viene a ser eso comparado con los millones y decenas de miles de millones que no están capacitados para dejar el pan de la Tierra por el de los Cielos? ¿Es que a Ti sólo te son queridos las decenas de miles de grandes y fuertes, y los demás millones, numerosos, como las arenas del mar, débiles, pero llenos de amor a Ti, están obligados a servir únicamente de instrumento a los grandes y fuertes? No, a nosotros también nos son queridos los débiles. Son viciosos y rebeldes; pero, a lo último, también ellos se someterán. Nos admirarán y nos tendrán por dioses, por habernos avenido, estando a la cabeza de ellos, a soportar la libertad que ellos temÃan y señorearlos… ¡Tan terrible habrá de ser para ellos, a lo último, eso de ser libres! Pero nosotros decimos que somos siervos tuyos y gobernamos en tu nombre. Volveremos a engañarlos, porque ya no te permitiremos que te nos acerques. En ese engaño se cifrará también nuestro dolor, porque nos veremos obligados a mentir. He ahà lo que significa esa primera cuestión del desierto, y he aquà lo que Tú rechazaste en nombre de la libertad, a la que pusiste por encima de todo. Y, sin embargo, en esa cuestión se encerraba un magno secreto de este mundo. De haber optado por el pan, habrÃas respondido al general y sempiterno pesar humano, lo mismo como individuo aislado que como Humanidad completa…; es decir, ¿ante quién adorar? No hay desvelo más continuo y doloroso para el hombre que, luego que deja la libertad, buscar a toda prisa a quién adorar. Pero busca el hombre inclinarse ante aquello que es ya indiscutible, tan indiscutible, que todo el mundo, de golpe, ha convenido en la general adoración de ello. Porque la inquietud de esas lamentables criaturas no se reduce sólo a buscar aquello ante lo que yo u otro nos prosternamos, sino a buscar aquello en que todos crean y se prosternan, e irremisiblemente todos juntos. Pues he ahà que esa necesidad de la generalidad de la oración es también el tormento más grande de cada hombre suelto y de toda la Humanidad junta, desde el comienzo de los siglos. Por esa general adoración se exterminaron unos a otros con la espada. Crearon dioses y se desafiaron entre sÃ: «Dejad vuestros dioses y venid a adorar a los nuestros; de lo contrario, moriréis, igual que vuestros dioses». Y asà será hasta el fin del mundo, hasta cuando desaparezcan del mundo los dioses. Es lo mismo, se arrodillarán ante los Ãdolos. Tú sabÃas, Tú no podÃas ignorar este fundamental misterio de la naturaleza humana; pero Tú rechazaste la única bandera absoluta que te propusieron para obligar a todos a prosternarse ante Ti sin discusión…, la bandera del pan de la Tierra, y la rechazaste en nombre de la libertad y del pan de los Cielos. Pero mira lo que, además, hiciste. Y todo también en nombre de la libertad. Te digo que no hay para el hombre preocupación más grande como la de encontrar cuanto antes a quién entregar ese don de la libertad con que nace esta desgraciada criatura. Pero sólo se apodera de la libertad de las gentes el que tranquiliza su conciencia. Con el pan te daban una divisa indiscutible. «Da pan, y el hombre se prosternará, porque no hay nada más indiscutible que el pan; pero si al mismo tiempo alguien se apodera de su conciencia a espaldas tuyas…, ¡oh!, entonces dejará tu pan y correrá detrás de aquel que halaga su conciencia». En esto tenÃas razón. Porque el misterio de la vida del hombre no estriba solamente en el hecho de vivir, sino en vivir para algo, sin una noción firme de para qué vive, el hombre no se resigna a vivir, y se apresura a suprimirse antes que continuar en la Tierra, aunque a su alrededor todo sean panes. Esto es asÃ, ¿y qué pasó? Pues que en vez de apoderarte de la libertad de los hombres, lo que hiciste fue encarecérsela más a sus ojos. ¿Es que te olvidaste de que la tranquilidad, y hasta la muerte, son más estimables para el hombre que la libre elección con el conocimiento del bien y del mal? No hay nada más seductor para el hombre que la libertad de su conciencia; pero tampoco nada más doloroso. Y he aquà que, en vez de firmes cimientos para la tranquilidad de la conciencia humana, de una vez para siempre…, fuiste y cogiste todo cuanto hay de inusitado, enigmático e indefinido; cogiste todo cuanto no estaba al alcance de los hombres, portándote asà como si no amases a los hombres…; y eso, ¿quién lo hizo? Pues Aquel que habÃa venido a dar por ellos su vida. En vez de incautarse de la libertad humana, Tú la aumentaste y cargaste con sus sufrimientos el imperio espiritual del hombre para siempre. Tú querÃas el libre amor del hombre, para que, espontáneamente, te siguiese, seducido, y cautivado por Ti. En vez de la recia ley antigua: «Con libre corazón ha de decidir en adelante el hombre lo que es bueno y lo que es malo, teniendo por única guÃa tu imagen ante él». Pero ¿es que no pensaste que acabarÃa rechazando y poniendo en tela de juicio tu propia imagen y tu verdad, si lo cargabas con peso tan terrible como la libertad de elección? Acabarán por decir que la verdad no está en Ti, porque serÃa imposible sumirlos en un estado de agitación y tormento mayores que aquel en que Tú los sumiste, al dejarles tantas preocupaciones y enigmas insolubles. De esta suerte, Tú mismo pusiste los cimientos para la destrucción de tu propio imperio, y no culpes más a nadie de ello. Y, sin embargo, ¿qué era lo que te proponÃas? Existen tres fuerzas, sólo tres fuerzas en la Tierra, capaces siempre de dominar y cautivar la conciencia de esos débiles rebeldes, para su felicidad…, y esas fuerzas son: milagro, misterio y autoridad. Tú rechazaste la una y la otra y la tercera, y diste ejemplo de ello. Cuando el terrible y sapientÃsimo espÃritu te elevó a lo alto del templo y te dijo: «Si quieres saber si eres Hijo de Dios, tÃrate abajo, porque se ha dicho de Aquél que los ángeles lo cogerán y lo sostendrán y no caerá en tierra ni se destrozará, y demostrará asà cuánta es tu fe en tu Padre». Pero Tú, después de oÃrlo, rechazaste la proposición, y no accediste a ella, y te tiraste. ¡Oh! Sin duda que te condujiste en eso de un modo orgulloso y magnÃfico, como Dios; pero los hombres, esa débil raza rebelde…, ¿son acaso dioses? ¡Oh! Tú comprendiste entonces que, al dar un solo paso, con solo que hicieras ademán de tirarte abajo, en el acto habrÃas tentado a Dios y perdido en Él toda tu fe; te hubieses estrellado en la Tierra, que habÃas venido a salvar, y se habrÃa alborozado el inteligente espÃritu que te habÃa tentado. Pero, lo repito: ¿hay muchos como Tú? ¿Y es que Tú tampoco, en el fondo, puedes admitir, ni por un minuto, que también los hombres puedan resistir tentación semejante? ¿Es que la naturaleza del hombre es de tal Ãndole como para rechazar el milagro y que en momentos tan terribles de la vida, momentos de las más pavorosas, fundamentales y torturantes cuestiones espirituales haya de quedar abandonado a la libre resolución de su corazón? ¡Oh! Tú sabÃas que tu hazaña se perpetuarÃa en los libros, alcanzarÃa las honduras del tiempo y los últimos lÃmites de la Tierra, y te hiciste la ilusión de que, al seguirte a Ti, también el hombre se volverÃa dios y no habrÃa menester del milagro. Pero Tú sabÃas que en cuanto el hombre rechaza el milagro, inmediatamente rechaza también a Dios, porque el hombre busca no tanto a Dios como al milagro. Y, no siendo capaz el hombre de quedarse sin milagro, fue y se fraguó él mismo nuevos milagros y se inclinó ante los prodigios de un mago o los ensalmos de una bruja, no obstante ser cien veces rebelde, herético y ateo. Tú no bajaste de la cruz cuando te gritaron: «¡Baja de la cruz y creeremos que eres Tú!». Tú no descendiste, tampoco, porque también entonces rehusaste subyugar al hombre por el milagro y estabas ansioso de fe libre; no por el milagro ansiabas libre amor, y no por el fervor servil, involuntario, obtenido mediante la fuerza, amedrentándolos de una vez para siempre. Pero también ahà juzgaste demasiado altamente a los hombres, pues sin duda son serviles, aunque también, por naturaleza, rebeldes. Mira y juzga; quince siglos han pasado; anda y mÃralos. ¿A quién elevaste hasta Ti? Te lo juro: el hombre es una criatura más débil y baja de lo que Tú imaginaste. ¿Es posible, es posible que él hiciera lo que Tú? Al estimarlo en tanto, Tú te condujiste como si dejases de compadecerlo, pues le exigÃas demasiado…, y eso Aquel que lo amaba más que a sà mismo. De haberlo estimado en menos, menos también le hubieses exigido, y esto habrÃa estado más cerca del amor, porque más leve habrÃa sido su peso. Él es débil y ruin. ¿Qué significa el que ahora, en dondequiera, se rebele contra nuestro poder y se ufane de su rebelión? Es la rebeldÃa de un niño y de un colegial. Son chicos dÃscolos que se sublevan en la clase y echan de ella al profesor. Pero ya se les acabarán los brÃos a los muchachos, y caro les costará su plante. Destruyen los templos y manchan de sangre la tierra. Pero comprenderán, finalmente, esos chicos estúpidos que, aunque sean unos rebeldes, son unos rebeldes de poca fuerza, que no pueden mantener su plante. Derramando estúpidas lágrimas, reconocerán, por fin, que el que los crió rebeldes, sin duda quiso burlarse de ellos. Lo dirán asÃ, de puro desesperados, y lo por ellos dicho será una blasfemia, que los hará aún más desdichados, porque la naturaleza del hombre no aguanta la blasfemia y, al fin y al cabo, siempre se venga de ella. A propósito de esto, inquietud, turbación y desdicha…, he ahà el actual patrimonio de los hombres después de tanto como Tú sufriste por su libertad. Tu gran profeta en visión y alegorÃa dice que vio a todos los participantes en la primera resurrección y que habÃa de ellas, de cada generación, doce mil. Pero si tantos habÃa, no serÃan hombres, sino dioses. HabÃan padecido tu cruz; habÃan padecido decenas de años de hambre y desnudez en el desierto, sustentándose con saltamontes y raÃces…, y claro que Tú podÃas, ufano, mostrar estos hijos de la libertad, del libre amor, libres y magnÃficas vÃctimas de tu nombre. ¿Y en qué son culpables los demás hombres débiles que no pudieron aguantar lo que los fuertes? ¿En qué es culpable el alma débil que carece de fuerzas para reunir estos terribles dones? Pero ¿es que Tú viniste francamente sólo para los selectos y por los selectos? Pero, si asà fue, entonces hay ahà un secreto, para nosotros incomprensible. Pero si hay misterio, en ese caso tenÃamos nosotros derecho a divulgar ese misterio y enseñarles que no eran lo principal la libre resolución de los corazones ni su amor, sino el misterio, en virtud del cual habrÃan de ser culpables a ciegas, aun a hurtadillas de su conciencia. Y eso hemos hecho. Hemos justificado tu proeza y la hemos basado en el milagro, el secreto y la autoridad. Y las gentes se alegraron de verse nuevamente conducidas como un rebaño y de que les hubiesen quitado por fin de sobre el corazón un don tan tremendo que tantos tormentos les acarreara. ¿Estuvimos en lo cierto al enseñar y hacer eso? Di. ¿Es que nosotros no amábamos a la Humanidad, al reconocer con tanta humildad su desvalimiento, aligerarla con amor de su carga y absolver su flaca naturaleza hasta del pecado, pero mediante nuestra venia? ¿Por qué vienes ahora a estorbarnos? ¿Y por qué en silencio y de un modo tan penetrante me miras con esos tus ojos? Enfádate, no quiero tu amor, porque yo no te amo. ¿Y por qué me habrÃa de ocultar ante Ti? ¿Es que no sé con quién hablo? Cuanto me atrevo a decirte, todo lo sabes Tú ya; leo en tus ojos. Pero es que yo te oculto nuestro secreto. Puede que Tú, precisamente, quieras oÃrlo de mis labios, pues escucha: nosotros no estamos contigo, sino con Él, ya va para ocho siglos. Ocho siglos justos hace que aceptamos de Él lo que Tú, con indignación, desairaste: ese último don que te ofreció, al mostrarte el imperio terrenal; nosotros le aceptamos Roma y la espada del César y nos declaramos solamente emperadores de la Tierra, únicos señores, aunque, hasta ahora, no hayamos podido dar cumplido remate a nuestra empresa. Pero ¿quién tiene de ello la culpa? ¡Oh! Esa empresa, hasta ahora, está sólo en mantillas, pero ya ha comenzado. Largo tiempo hemos de aguardar todavÃa su cumplimiento y mucho ha de padecer todavÃa la Tierra; pero lograremos nuestro fin y seremos césares, y entonces pensaremos ya en la universal felicidad de los hombres. Y, sin embargo, Tú habrÃas podido ya entonces aceptar la espada del César. ¿Por qué desairaste ese último don? Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espÃritu habrÃas realizado cuanto el hombre busca en la Tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercero y último tormento del hombre. Siempre la Humanidad, en su conjunto, se afanó por estructurarse de un modo universal. Muchos fueron los pueblos grandes con una gran historia; pero, cuanto más grandes, tanto más felices fueron esos pueblos, por sentir con más intensidad que los otros el anhelo de la fusión universal de los hombres. Los grandes conquistadores Timur y Gengis Jan cruzaron en un vuelo, como un torbellino, la Tierra, ansiando conquistarla toda; pero aun ésos, inconscientemente, expresaban el mismo magno anhelo de Humanidad, de una fusión universal y común. Si hubieras aceptado el mundo y la púrpura del César, habrÃas fundado el imperio universal y dado la paz al mundo. Porque ¿quién ha de dominar a las gentes sino aquellos que dominan sus conciencias y tienen en sus manos el pan? Nosotros aceptamos la espada del César, y, al cogerla, sin duda, te rechazamos a Ti y nos fuimos con él. ¡Oh! Pasarán todavÃa siglos de desordenada y libre razón, de sus ciencias y su antropofagia, porque al proponerse edificar su torre de Babel sin nosotros, acabarán en la antropofagia. Pero entonces se llegará a nosotros la bestia y se pondrá a lamernos los pies y nos los regará con lágrimas de sangre que verterán sus ojos. Y montaremos sobre la bestia y alzaremos un cáliz, y en él estará escrito: «¡Misterio!». Pero entonces, sólo entonces llegará para los hombres el reinado de la paz y la dicha. Tú te enorgulleces de tus elegidos; pero Tú sólo tienes tus elegidos, en tanto nosotros a todos daremos la paz. Y, además, otra cosa: ¡cuantÃsimos de esos elegidos, de los fuertes, que habrÃan podido ser elegidos, no se cansaron, aguardándote, y aplicaron y seguirán aplicando las energÃas de su alma y el ardor de su corazón a otro campo, concluyendo por enarbolar aun contra Ti su libre bandera! Pero Tú mismo levantaste esa insignia. Con nosotros, todos serán felices y dejarán de ser rebeldes; no se exterminarán unos a otros, como con tu libertad, en todas partes. ¡Oh! Nosotros los convenceremos de que sólo serán libres cuando deleguen en nosotros su libertad y se nos sometan. ¿Y qué importa que digamos verdad o mintamos? Ellos mismos se persuadirán de que verdad decimos al recordar los horrores de la servidumbre y confusión a que tu libertad los condujera. La libertad, el libre espÃritu y la ciencia los llevarán a tales selvas y los pondrán frente a tales prodigios e insolubles misterios, que los unos, rebeldes y enfurecidos, se quitarán la vida; otros, rebeldes, pero apocados, se matarán entre sÃ, y los demás, débiles y desdichados, vendrán a echarse a nuestros pies y clamarán: «SÃ, tenéis razón: sólo vosotros estáis en posesión de su secreto y a vosotros volvemos. ¡Salvadnos de nosotros mismos!». Al recibir de nosotros el pan habrán de ver harto claro que nosotros les damos el mismo pan que ellos con sus manos amasaron; verán que se lo repartimos, sin nada de milagro; verán que no convertimos las piedras en pan, pero, en realidad, más que el pan mismo, estimarán el recibirlo de nuestras manos. Porque tendrán sobrado presente que antes, sin nosotros, ese mismo pan ganado por ellos convertÃase en sus manos en piedras, mientras que cuando se volvieron con nosotros, las mismas piedras convirtiéronse en sus manos en pan. Sobrada, sobradamente estimarán ellos lo que significa someterse para siempre. Y en tanto los hombres no lo comprendan, habrán de ser desdichados… ¿Quién ha contribuido más que nadie a esa incomprensión, dilo?… ¿Quién desbandó el rebaño y lo desparramó por senderos desconocidos? Pero el rebaño volverá a reunirse, y otra vez se someterá, y ya para siempre. Entonces, nosotros le proporcionaremos la felicidad mansa, apacible, de los seres apocados como ellos. ¡Oh! Nosotros les persuadiremos finalmente, a no enorgullecerse, porque Tú los levantaste y asà les enseñaste a enorgullecerse; les demostraremos que carecen de brÃos; que son tan sólo niños dignos de lástima; pero que la felicidad infantil es la más gustosa de todas. Se volverán tÃmidos y nos mirarán y se apretujarán a nosotros con miedo, como los polluelos a la clueca. Se asombrarán de nosotros; nos tendrán miedo y se envanecerán de vernos tan poderosos y sabios, como para haber podido amansar un rebaño de miles de millones. Se echarán a temblar, decaÃdos, ante nuestra cólera; se volverán tÃmidos; los ojos se les tornarán propensos al llanto, como los de los niños y las hembras; ¡pero qué fácilmente, a una seña nuestra, pasarán a la alegrÃa y risa, al claro alborozo y a las felices tonadillas y canciones infantiles! SÃ, nosotros les obligaremos a trabajar; pero en las horas de asueto, ordenaremos su vida como un juego de chicos, con infantiles canciones, coros e inocentes bailes. ¡Oh, los absolveremos de sus pecados; son débiles y sin brÃos, y nos amarán como niños, por consentirles pecar! Les diremos que todo pecado será redimido si lo cometieron con nuestra venia; les permitiremos pecar, porque los amamos; el castigo de tales pecados, cargaremos con él. Y cargaremos con él y ellos nos idolatrarán como a bienhechores, que respondemos de sus pecados delante de Dios. Y no tendrán secreto alguno para nosotros. Les consentiremos o les prohibiremos vivir con sus esposas y queridas, tener o no tener hijos (todo contando con su obediencia), y ellos se nos someterán con júbilo y alborozo. Los más penosos secretos de conciencia…, todo, todo nos lo traerán, y nosotros les absolveremos de todo, y ellos creerán en nuestra absolución con alegrÃa, porque los librará de la gran preocupación y las terribles torturas actuales de la decisión personal y libre. Y todos serán dichosos; todos esos millones de criaturas, excepto los cien mil que sobre ellos dominen. Porque sólo nosotros, los que guardaremos el secreto, sólo nosotros seremos infelices. Habrá miles de millones de seres felices y cien mil que padecerán, que habrán cargado con la maldición de la ciencia del bien y del mal. Dulcemente morirán ellos, dulcemente se extinguirán en tu nombre, y más allá de la tumba sólo hallarán la muerte. Pero nosotros guardaremos el secreto y, para su dicha, los embaucaremos con el galardón celestial y eterno. Porque si hubiera algo del otro mundo, no serÃa, desde luego, para criaturas como ellos. Dicen y profetizan que Tú vendrás y vencerás de nuevo; vendrás con tus elegidos, con tus orgullosos y poderosos; pero a eso replicaremos que ésos no hicieron más que salvarse ellos mismos, mientras que nosotros los salvamos a todos. Dicen que confundida será la meretriz que va montada en la bestia y llevando en sus manos misterio; que volverán a sublevarse los apocados, desgarrarán su púrpura y desnudarán su sucio cuerpo. Pero yo entonces me levantaré y te mostraré los miles de millones de chicos felices que no conocieron el pecado. Y nosotros, los que cargamos con sus pecados, por su desdicha, nos plantaremos delante de Ti y te diremos: «Júzganos, si puedes y te atreves». Has de saber que no te temo. Has de saber que yo también estuve en el desierto y me sustenté de saltamontes y raÃces; que también yo bendije la libertad que Tú habÃas concedido a los hombres y me apercibà a ser del número de tus elegidos, del número de los fuertes y poderosos, ávidos de completar el número. Pero recapacité y no quise servir a un absurdo. Me volvà atrás y me incorporé a la muchedumbre de aquellos que han corregido tu obra. Me aparté de los orgullosos y me volvà con los humildes para la felicidad de estos mortales. Lo que te digo se cumplirá, y nuestro imperio se afianzará. Te lo repito: mañana mismo verás ese dócil rebaño, que a la primera señal que les haga, se lanzará a atizar las brasas de tu hoguera, en la que he de quemarte por haber venido a estorbarnos. Porque si alguno mereció nuestra hoguera, eres Tú. Mañana te quemo. Dixi.