El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Había allí criminales ocasionales y criminales de profesión; bandidos y capitanes de bandoleros. Había, sencillamente, ladrones de bolsas y vagabundos, caballeros de industria de toda índole, y los había también que lo dejaban a uno perplejo. ¿Por qué estarían en el penal?… Pero todos tenían su historia, turbia y densa cual vapor de bruma vespertina. Por lo general, hablaban poco de su pasado, no gustaban de evocarlo, y visiblemente se esforzaban por no pensar en él. Conocía yo a algunos de estos delincuentes, de tan alegre humor, hasta tal punto despreocupados, que habría podido apostarse a que nunca, a sabiendas, se les escapaba ningún reproche. Pero veíanse también caras sombrías, casi siempre silenciosas. Por lo general, rara vez contaba nadie su vida, ni estaba tampoco de moda, ni era costumbre, la curiosidad. Acaso alguna vez se pusiese alguno a hablar de su vida, de puro aburrido, y otro le escuchase fríamente y con gesto hosco. Nadie podía allí mover a admiración a nadie. «Nosotros sabemos leer y escribir», decían, a veces, con una rara vanidad. Recuerdo cómo, sin embargo, cierto bandido, borracho (en el presidio a veces se puede beber), se puso un día a contar cómo había estrangulado a un chico de quince años, cómo al principio le había ceñido el cuello; jugando y conduciéndolo a un lugar desierto, le había dado allí muerte. Toda la cuadra, que hasta entonces lo había tenido por su bufón, alzó el grito como un solo hombre, y el bandido se vio obligado a callar; y no movida de disgusto alzó la cuadra el grito, sino por que no hacía falta hablar de aquello, porque no era costumbre hablar de aquello. Haré constar que, efectivamente, aquellos hombres sabían leer y escribir, y no en sentido figurado, sino en el literal. En verdad, más de la mitad de ellos sabían leer y escribir. ¿En qué otro lugar, donde la gente rusa se reúna en grandes masas, podríais apartar un grupito de doscientos cincuenta hombres, la mitad de los cuales sepa leer y escribir? He oído decir después que no sé quién, fundándose en datos semejantes a éstos, hubo de decir que la instrucción pierde a los hombres. Eso es un error; existen otras causas muy distintas, aunque no se puede menos de convenir en que la instrucción fomenta en el pueblo el espíritu de suficiencia. Por eso abunda en todas partes.