El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —Ya ve usted, mi padre, hasta el último dÃa de su vida no se quejó nunca de ninguna dolencia.
Tan brutal insensibilidad resulta naturalmente inverosÃmil. Se trata de un fenómeno, de alguna deficiencia ingénita, de una monstruosidad moral y fÃsica, aún ignorada de la ciencia, y no de un simple crimen. Como es lógico, yo no creÃa en ese crimen. Pero sus paisanos, que no tenÃan más remedio que conocer todos los detalles de su historia, me la refirieron Ãntegra. Los hechos eran tan evidentes, que no habÃa más remedio que creer.
Los presos le oyeron gritar una noche, en sueños:
—«¡Sostenlo, sostenlo! ¡La cabeza; córtale la cabeza, la cabeza!…».
Los presos, casi todos, hablan por las noches y deliran. Insultos, palabras entrecortadas, cuchillos, hachas, es lo que con más frecuencia se les viene a la boca en sus delirios.
«Somos gente deshecha —decÃan—. Estamos muertos por dentro, y por eso gritamos por las noches».