El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Inmediatamente se aquietaron. Insultarse, hacerse pupa con la lengua, estaba permitido. Esto, en parte, constituía para todos una diversión. Pero a vías de hecho no llegaban nunca, y sólo, quizá, a título excepcional, surgían enemistades. De las riñas daban parte al mayor; instruían diligencias, acudía el mayor en persona… En una palabra: que a todos les acarreaban molestias; así que no consentían que hubiese riñas. Incluso los mismos enemigos se insultaban más bien por distraerse, por darle a la lengua. No pocas veces ellos mismos se engañaban, empezaban con un furor, un encono, que pensabas…: «Nada, van a comerse el uno al otro; lo que es ahora, se matan», pero luego de llegar al punto consabido, inmediatamente se soltaban. Todo esto a mí, al principio, me parecía muy raro. Con toda intención he transcrito aquí esas muestras de los diálogos más corrientes entre los presidiarios. No podía figurarme al principio que fuera posible insultarse por placer, encontrar en ello una distracción, un ejercicio grato, un deporte. Por lo demás, no debemos echar la vanidad en olvido. La dialéctica del insulto era objeto de estima. Al buen ofensor no le faltaban más que los aplausos, como a los actores.
Ya desde el día anterior había yo notado que me miraban de soslayo.