El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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Recuerdo también algunas miradas sombrías. Por el contrario, otros presos andaban rondándome, como suponiendo que yo llevaría en mi poder algún dinero. Inmediatamente se desvivían por atenderme; me enseñaban a llevar los hierros flamantes; me ofrecían, claro, un cofrecito con llave para que guardase en él las prendas reglamentarias, que ya me habían entregado, y alguna ropa interior de mi propiedad que llevara al presidio. Pero al día siguiente me la robaron y se la bebieron. Uno de ellos llegó a ser después uno de mis más adictos, aunque no vacilaba en desvalijarme a las primeras de cambio. Lo hacía sin la menor perplejidad, casi inconscientemente, como por deber, y no era posible guardarle rencor.

Entre otras cosas, me advirtieron que era preciso que cada cual tuviera su té y que no estaría de más me procurase también una tetera propia; ellos me prestarían una por lo pronto, y me presentaron también a un furriel, diciéndome que por treinta copeicas al mes se encargaría de llevarme cuanto yo quisiera, si deseaba comer aparte y comprar por mi cuenta las vituallas… No hay que decir que me cogieron los dineros y todos ellos acudieron a mí aquel primer día, lo menos tres veces, en demanda de un préstamo.

Pero a los aristócratas en el presidio, generalmente, los miraban con malos ojos.


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