El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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—Sí; a los aristócratas no los quieren —observó él—, en particular a los presos políticos; de buena gana se los comerían, y no les falta razón. En primer lugar, ustedes son otra gente distinta de ellos, y, además, que ellos fueron antes o propietarios modestos o militares. Considere usted si es posible que los miren con simpatía. Aquí, créame usted, es difícil la vida. Y en las compañías de presos rusos, más difícil aún. Aquí tenemos muchos de allá que no saben ponderar bastante nuestro presidio, cual si hubiesen pasado del infierno a la gloria. El trabajo no es ninguna desgracia. Dicen que allí en el primer grado, el mando no se conduce de un modo enteramente marcial; por lo menos, actúa de otra manera que aquí. Allí, según dicen, pueden los deportados vivir en sus casas. Yo no he estado allí; hablo por referencia. No los rapan, no visten uniforme, aunque, después de todo, no está mal eso de que los de aquí vayamos uniformados y rapados; así resulta todo más ordenado y más grato a la vista. Sólo que a ellos no les hace gracia. ¡Pero fíjese usted qué revoltillo! Uno, de los cantones; otro, cherqués; el tercero, raskólnik; el cuarto, un campesino ortodoxo, que dejó su familia, a sus hijos queridos, en el terruño; el quinto, judío; el sexto, gitano; el séptimo, no se sabe qué, y todos ellos vienen obligados a vivir juntos, a marchar de acuerdo, sea como fuere, los unos con los otros; a comer en el mismo plato, a dormir en los mismos petates. ¡Y qué libertad! Los buenos bocados sólo pueden comerse a escondidas; los cuartos tiene uno que guardárselos en las botas, y, al fin y al cabo, siempre resulta que el presidio es el presidio… Quieras que no, la locura se te sube a la cabeza.


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