El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Pero estaba condenado a pasar todavía dos años bajo su dominio. Todo lo que de él me refirió Akim Akímich se acreditó luego de verídico, con la diferencia de que la impresión directa es siempre más fuerte que la que se recibe a través de un simple relato. Extraño era aquel hombre, aunque más extraño aún era el que hombre semejante tuviera un poder casi ilimitado sobre doscientas almas. Era, por su naturaleza, un hombre duro y malo, nada más. A los presos los miraba como a sus naturales enemigos, y en esto consistía su primero y principal defecto. Poseía, sin duda, algunas aptitudes; pero todo, incluso lo bueno, presentaba en él un aspecto truncado. Rencoroso, malo, solía penetrar en el presidio por las noches, y si por casualidad veía a algún preso durmiendo sobre el lado izquierdo o boca abajo, al otro día, por la mañana, lo llamaba para decirle: «Oye, tú: a ver si duermes sobre el costado derecho, como tengo mandado». En el presidio todos le tenían antipatía, y le temían como a la peste. Tenía una cara coloradota y enfurruñada. Todos sabían que era enteramente un juguete en las manos de su asistente, Fedka. Pero a quien él quería más era a su perrito Tresorka, y poco le faltó para morirse una vez que su Tresorka estuvo enfermo. Decían que lloraba en aquella ocasión como por un hijo; llamó a un veterinario, con el cual, siguiendo su costumbre, por poco si viene a las manos; y habiendo sabido por Fedka que en el penal había un preso autodidacta que hacía curas extraordinarias, en seguida mandó a llamarlo.