El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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—¡Sálvamelo!… ¡Te llenaré de oro como me salves a mi Tresorka! —le gritó al preso.

Era éste un siberiano, listo, hábil, efectivamente muy impuesto en veterinaria, pero todo un rústico.

—Yo miré a Tresorka —les dijo luego a los otros reclusos, aunque pasado bastante tiempo de su visita al mayor, cuando ya todo aquello se había olvidado—. Lo miro; está tendido el chucho en el diván, sobre un almohadón blanco, y veo que lo que tiene es una inflamación, que hay que hacerle una sangría para salvarlo. Y voy y pienso entre mí: «¡Vaya, y qué pasará si no lo curo, si lo dejo que reviente!». Nada; voy y le digo: «Excelencia, tarde me mandasteis llamar; todavía ayer o anteayer, no digo; pero lo que es hoy, ya no es posible…».

Y así fue como murió Tresorka.






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