El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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De aquello que el corazón dice,

testimonio no da el Cielo.

Y sólo queda la fe en el referido corazón. En verdad, había entonces muchos milagros. Había santos que operaban curaciones milagrosas; a algunos justos, según se lee en sus biografías, se les aparecía la Emperatriz Celestial. Pero el diablo no se duerme: la Humanidad ha empezado ya a dudar de la realidad de esos milagros. Como adrede, sobrevino entonces en el Norte, en Alemania, una horrible herejía. Una enorme estrella, semejante a una antorcha (o sea la Iglesia), cayó en las fuentes del agua, y éstas se volvieron amargas. Estos herejes dieron en la blasfemia de negar los milagros. Pero eso hizo que se avivase la fe de los demás. Las lágrimas de la Humanidad van a Él como antes. Lo aguardan. Lo aman, confían en Él, ansían sufrir y morir por Él, como en otros tiempos… Y cuántos siglos van ya que la Humanidad, con fe y fervor, implora: «¡Señor, ven a nos!», tantos siglos ha que se le invoca, que Él, en su piedad incomparable, se dignó descender hasta los que le imploraban. Había descendido y visitado ya antes a algunos justos, mártires y santos, viviendo éstos todavía, según en sus vidas está escrito. Entre nosotros, Tiuchev, profundamente creído de la verdad de sus palabras anunció que

Agobiado con la cruz

y disfrazado de siervo,


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