El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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—Pues se echan sobre él diez reclusos a la vez y se ponen a zurrarle con todas sus ganas, hasta que él no siente nada; es decir, que lo dejan medio muerto. Entonces lo llevan al petate y le echan encima un pellico.

—¡Pero un día van a matarlo!

—A otro lo matarían; a él, no. Es de una fortaleza terrible, más recio que todos los que estamos en el penal, y de una constitución robustísima. A la mañana siguiente se levanta como si tal cosa.

—Dígame, haga el favor —continué preguntándole al polaco—: ahora ellos están ingiriendo su comida, en tanto yo bebo té. Y todos me miran, como si me envidiasen mi té. Dígame: ¿qué significa eso?

—No es por el té —me contestó el polaco—. Lo miran con malos ojos por ser usted noble, como yo, y no parecernos a ellos. Más de uno quisiera armarnos camorra. Tienen siempre muchas ganas de ofendernos, de vejarnos. Usted todavía se asombra mucho de esta hostilidad. Aquí nos tienen un odio feroz a todos, cosa horrible. Lo más horrible en todos sentidos. Se necesita mucha ecuanimidad para acostumbrarse a esto. Usted tropezará más de una vez con esa hostilidad y aversión por el té y por la comida especial, no obstante haber aquí muchos que con gran frecuencia comen de lo suyo, y beben algunos constantemente té. Ellos pueden hacerlo, pero usted de ninguna manera.

Al decir esto, se levantó y se fue de la mesa.


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