El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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Entraron con los bollos. Un preso joven portaba todo un mazo de bollitos y los ofrecía a la venta entre los reclusos. Las vendedoras le cedían diez bollos, y a partir de éstos empezaban a contar.

—Kalachi, kalachi! —gritaba al entrar en la cocina—. ¡De Moscú, calentitos! Yo me los comería si no costasen dinero. ¡Vamos, hijos, que sólo me queda ya el último bollito! ¡Quién tuvo madre!

Esta invocación al amor maternal los conmovió a todos, y algunos le compraron bollitos.

—Pero… ¿no sabéis…? —añadió—. ¡Gazin hoy ha incurrido en pecado! ¡Por Dios! ¡Pues no se le ha ocurrido salir! ¡Con tal que no lo descubra nuestro Ocho ojos!

—Lo esconderán. Pero qué, ¿se puso hecho una cuba?

—Furioso es lo que está.

—Bueno; pues se encontrará con los puños…

—¿De quién hablan? —le pregunté al polaco que estaba sentado junto a mí.

—De Gazin, el preso. Se vuelve loco por el vino. En cuanto coge algún dinerillo, ya se lo está bebiendo. Es feroz y malo cuando bebe; fuera de esto, es el hombre más tranquilo del mundo, pero en cuanto bebe se dispara y acomete a la gente con el cuchillo empalmado. Sólo que aquí saben apaciguarlo.

—¿Cómo lo apaciguan?


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