El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —Pero qué, ¿no admitÃs convidados? Bueno; si es asÃ, comeremos por cuenta de la casa.
—Anda y pide té. Mira: los señores lo están tomando.
—Aquà no hay señores; aquà todos son ahora lo mismo que yo —exclamó con mal genio un recluso que estaba sentado en un rincón. Hasta aquel instante no habÃa hablado palabra.
—¡De buena gana me tomarÃa un té; pero me da vergüenza pedirlo; tenemos nuestro puntillo! —observó el preso del labio gordo, mirándonos con bonachona expresión.
—Si usted quiere, yo se lo ofrezco —dije, invitándole— con muchÃsimo gusto…
—¿Con muchÃsimo gusto? ¡Pues entonces cómo no habÃa de aceptarlo! —se acercó a la mesa.
—Miren: en casa sólo comÃa sopa de coles, y aquà he probado el té por vez primera. ¡Poco que se me antojaba la bebida de los señores! —exclamó el preso de mal genio.
—Pero ¿es que aquà no hay quien beba té? —le pregunté yo; pero él no se dignó contestarme.
—Miren: ahà vienen con los bollos. ¡Ande, y deme también uno!