El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —¡No estaba en casa, lo sé todo! —exclamó en voz recia un preso alto, entrando en la cocina y pasando revista con la mirada a todos los presentes.
TendrÃa cincuenta años, y era musculoso y enjuto. TenÃa en la cara algo de siniestro, al par que de cómico. Lo que más llamaba en él la atención era su labio inferior, grueso y prominente, lo que daba a su cara una expresión sumamente bufa.
—¡Salud, que buen provecho os haga! Pero ¿por qué ni siquiera saludáis? —añadió, sentándose junto a los que comÃan—. ¡Pan y sal! Recibid bien al huésped.
—¡Nosotros, hermanito, no somos de Kurs!
—¡Ah! ¡Quizá de Tambovsk!
—Tampoco de Tambovsk. Con nosotros, hermanito, no vas a sacar nada. DirÃgete a algún ricacho y pÃdele.
—En mi panza, hermanitos, hoy, Iván Taskún y Maria Ikótischna[7]; pero ¿dónde está, dónde vive ese ricacho?
—Ahà tienes a Gazin, que es hombre adinerado; a él puedes dirigirte.
—Se quedó hoy Gazin, hermanitos, sin un cuarto; se emborrachó; todo se le fue en beber.
—Veinte rublos tiene… —observó otro—. Por lo visto, no es ningún mal negocio el de tasquero.