El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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Yo le pregunté a Akim Akímich, y él me dijo que podía volverme con la escolta al presidio, lo cual hice. Ya iba regresando la gente. Los primeros en volver eran los que trabajaban a destajo. El único medio de obligar a los presos a que trabajaran de firme era… señalarles tarea. A veces les señalaban unas tareas enormes; pero, no obstante, las terminaban el doble de pronto que cuando los hacían trabajar toda la jornada, hasta el toque del tambor que anunciaba la hora del rancho. Tan pronto como daban remate a su tarea, se volvían los penados inmediatamente al presidio, y ya nadie los molestaba.

Comían, no todos juntos, sino a la ventura, según quienes llegaban primero; en la cocina no había tampoco sitio bastante para todos a la vez. Yo probé las sopas de coles; pero, por falta de costumbre, no pude comerlas, y me hice un poco de té. Tomé asiento en el pico de la mesa. Junto a mí tenía un compañero que, lo mismo que yo, era de familia noble.

Los presos entraban y salían. Había, por lo demás, sitio de sobra; aún no se habían reunido todos. Una partida de cinco hombres formaba grupo aparte en la amplia mesa. El furriel les dio a cada dos de ellos una fuente de sopa de coles y dejó encima de la mesa una fuente con pescado frito. Estaban de fiesta, y comían por dos. Nos miraban a los demás de reojo. Entró un polaco y se sentó junto a mí.


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