El idiota
El idiota Tales palabras y el tono con que fueron pronunciadas impresionaron tanto a Lebediev, que no quiso separarse ya de la esposa del enfermo, y permaneció casi constantemente en casa de Ptitzin todos los días sucesivos, hasta la muerte del general. Lisaveta Prokofievna envió, por dos veces, a informarse acerca del estado de Ardalion Alejandrovich. Cuando, a las nueve de la noche, Michkin entró en la casa le preguntó minuciosamente y con interés por el estado del enfermo. La princesa Bielokonsky manifestó su deseo de saber «quién era aquel paciente y quién era aquella Nina Alejandrovna», y la generala contestó con una gravedad que agradó mucho a Michkin. Según dijeron después las hermanas de Aglaya, él mismo, mientras hablaba con Lisaveta Prokofievna, habló «maravillosa y modestamente, con dignidad, sin agitación, sin palabras superfluas, presentándose muy bien y sin dejar nada que desear». Y no sólo no resbaló en el suelo encerado, como temiera la víspera, sino que produjo a todos una impresión muy atrayente.