El idiota

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Por su parte, él, apenas se hubo sentado y mirado en su derredor, advirtió que los reunidos no tenían nada de común ni con los personajes de que Aglaya le había hablado la víspera ni con sus pesadillas de la noche. Por primera vez en su vida veía a parte de eso que, con terrible frase, se llama «el gran mundo». Hacía tiempo que, en virtud de diversas consideraciones, ansiaba penetrar en aquel círculo encantado, sintiéndose curioso de saber qué impresión le produciría a primera vista. Y la primera impresión fue deliciosa. Parecióle que todas aquellas personas habían nacido para vivir juntas, que las Epanchinas no daban una reunión en el sentido mundano de la palabra, sino que habían congregado únicamente a algunos íntimos. Él mismo creía encontrarse, tras breve separación, con personas a cuyo lado había vivido siempre y cuyas ideas compartía. Estaba subyugado por el encanto de las buenas maneras, por aquella aparente sencillez y aquella externa franqueza. No se le ocurrió siquiera que tal cordialidad, tan buen humor, tanta nobleza, tanta dignidad personal pudiesen ser un barniz meramente exterior. A despecho de su aspecto imponente, la mayoría de los circunstantes eran personas bastante hueras que, en su presunción, ignoraban por ende la superficialidad de casi todas sus cualidades. Y ello no era culpa suya, ya que semejante capa superficial la habían adquirido, sin duda, por herencia. La seducción de aquel ambiente desconocido obró con fuerza sobre Michkin, porque no sospechaba nada de lo que indicamos. Veía por ejemplo, que aquel alto dignatario, que por la edad podría ser abuelo suyo, se interrumpía a veces en medio de una conversación para escucharle a él, a pesar de su juventud, y no sólo le escuchaba, sino que parecía ser de su opinión, a juzgar por lo afable y benévolo que se mostraba. No obstante, no se conocían para nada y era la primera vez que se veían. Acaso aquella cortesía refinada produjese impresión en el ánimo del príncipe. O acaso había acudido a la velada en un estado que le predisponía al optimismo. Pero, en realidad, los invitados, aunque «amigos de la familia» y amigos también entre sí, distaban mucho de ser lo que el joven imaginaba. Había allí personas que por nada del mundo hubiesen consentido en tener a los Epanchin por iguales suyos, había allí otras que se detestaban cordialmente. La Bielokonsky había aborrecido siempre a la esposa del alto dignatario, y ésta, a su vez, experimentaba gran antipatía por la esposa de Epanchin. El alto dignatario, que ocupaba el lugar de honor y había protegido al matrimonio Epanchin desde su juventud, era un personaje tal ante los ojos de Ivan Fedorovich, que éste no experimentaba en presencia de aquel protector otro sentimiento que no fuese de temor y veneración. El general se habría despreciado a sí mismo si por un solo momento se hubiese considerado igual a aquél, o no le hubiese parangonado a un verdadero Júpiter Olímpico. Algunos de los visitantes no se habían visto entre sí desde años atrás y se miraban con indiferencia cuando no con animadversión, pero, no obstante, al hallarse allí se interpelaban tan amistosamente como si hubieran estado el día antes en agradable compañía. Por otra parte, la reunión era poco numerosa. Además de la Bielokonsky, el «alto dignatario» y su mujer, debemos mencionar, en primer término, un general muy ilustre, conde o barón además, y que ostentaba un nombre tudesco. Aquel hombre, muy taciturno, tenía fama de ser altamente versado en materia de ciencia gubernamental. Era uno de esos olímpicos administradores que lo conocen todo, excepto Rusia, que pronuncian cada cinco años una frase suya de extraordinaria profundidad que todos admiran y que, tras eternizarse en el servicio suelen morir colmados de honores y riquezas, aun cuando no hayan hecho nada agradable jamás y hayan sido hostiles a toda idea grande. En la jerarquía burocrática, aquel general era el jefe inmediato de Ivan Fedorovich, el cual, por natural reconocimiento e incluso por un especial amor propio, se empeñaba en considerarle como un bienhechor. En cambio, el insigne personaje no se consideraba protector de Epanchin, se mostraba siempre muy frío con él, aunque aprovechase con gusto su servicialidad, y le habría reemplazado gustosamente por otro funcionario cualquiera en cuanto alguna consideración, por secundaria que fuese, lo hubiera exigido.


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