El idiota

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La joven estaba muy bella aquella noche. Las tres hermanas vestían muy elegantemente, aunque sin excesiva suntuosidad, y habíanse esmerado sobre todo en sus tocados respectivos. Aglaya, sentada junto a Radomsky, conversaba amistosamente con él. Radomsky parecía más reservado que de costumbre, acaso porque le intimidara la presencia de tales personajes. Pero, a pesar de su juventud, tenía la costumbre de moverse en el mundo y se hallaba como en su elemento. Llevaba un crespón en el sombrero, lo que le valió los elogios de la princesa Bielokonsky. Otro sobrino mundano no habría, en circunstancias tales, puéstose luto por la muerte de un tío como aquél. Lisaveta Prokofievna alabó también la delicadeza del joven. Aparte eso, sentíase muy inquieto, dos veces notó Michkin que Aglaya le miraba atentamente, y creyó advertir que estaba satisfecha de su comportamiento. Cada vez se sentía más dichoso. A menudo recordaba las ideas y temores «fantásticos» que concibiera antes de su entrevista con Lebediev, y se le aparecían como un sueño ridículo y absurdo. Por supuesto había pasado todo el día deseando hallar razones para no creer en sueños tales. Hablaba poco, y sólo cuando le preguntaban, y al final acabó enmudeciendo en absoluto limitándose a escuchar. Y, con todo, le inundaba un ostensible contento. Poco o poco se adueñó de él una inspiración profunda que sólo esperaba una ocasión propicia para manifestarse, pero, sin embargo, cuando comenzó a hablar, fue sólo casualmente, en respuesta a una pregunta y, al parecer, sin intención particular.


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