El idiota

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—En todo caso me libré de la conversión —repuso el alto dignatario, riendo, satisfecho, ante aquel recuerdo tan agradable. Y agregó, dirigiéndose a Michkin Parece usted tener sentimientos profundamente religiosos, cosa muy rara hoy en un joven.

El anciano estaba visiblemente deseoso de tratar más a fondo a Michkin, cuya personalidad comenzaba a interesarle vivamente por ciertas razones. Pero el príncipe permanecía estupefacto, con la boca abierta todavía.

—Pavlitchev era un espíritu clarividente y un verdadero ruso —declaró Michkin de pronto—. ¿Cómo pudo convertirse? Porque el catolicismo es incompatible con el espíritu ruso. Lo aseguro. Incompatible.

Michkin hablaba con extraordinaria viveza, se había puesto muy pálido y hubo de detenerse para tomar aliento. Todos le miraron. El alto dignatario rompió a reír abiertamente. El príncipe N. examinó al orador con su monóculo. El poeta alemán, abandonando en silencio su rincón, sonrió de un modo avieso.

—Exagera usted mucho —dijo Ivan Petrovich, parecía deseoso de cambiar de conversación—. La Iglesia Católica cuenta con representantes virtuosísimos y dignos de la mayor estima.


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